Poco después llegó Emilia al cuarto de esta, y diole excusas por la soledad en que se había quedado en noche de tanta alegría. Mas, no dando su brazo a torcer Isidora, replicó que había estado perfectamente en su cuarto. Trajeron un catre de tijera para que se acostase Mariano, y cuando Isidora le mandó que se recogiera, por ser ya más de medianoche, el maldito muchacho se le plantó delante y le dijo con sus bruscos modos:
«Dame dinero.
—¿Y para qué quieres tú dinero, tunante? Acuéstate.
—Me acostaré; pero yo quiero dinero. Si no me das dinero, no te quiero...
—¿Para qué lo necesitas?
—Para ir mañana a los toros.
—Si ahora no hay toros, mentecato.
—Pero hay novillos y mojiganga.
—¿Y cómo sabes eso?
—Por los chicos... Si no me das dinero, no te quiero.