León comprendió que debía retirarse al momento. «Adiós, adiós,» dijo estrechando las manos de la hija del Marqués.

La mirada de Pepa y la de él se cruzaron como las dos espadas de un duelo: la de ella era todo enojo por aquella súbita despedida. Después León miró un momento á Monina y salió con apariencia serena. Al pasar por las espléndidas habitaciones silenciosas, se sentía extraño en ellas; pero la hermosa estancia de donde acababa de salir le parecía tan suya, que casi estuvo á punto de volver para respirar un instante más aquella atmósfera de paz y sosiego, saturada del delicioso perfume del hogar propio, que simplemente se formaba del amor de una mujer y del sueño de un niño.

Al retirarse á su cuarto, D. Pedro le dijo:

«Estoy muy inquieto por no haber recibido detalles de la muerte de Federico.»

Sin responder nada, León salió del palacio al jardín. Tanto le llamaban de atrás sus afectos, que á cada seis pasos se detenía. Había entrado en la alameda, cuando se sintió llamado por una voz, por un ce que sonaba como la vibración del aire al paso de una saeta. Se volvió: era Pepa, que hacia él iba, envuelta en un pañuelo de cachemira, descubierta la cabeza, vivo el paso, difícil la respiración. Su mano hizo presa con fuerza en la mano del matemático.

«No he podido resignarme á que te despidas así—le dijo.—Eso no está bien.

—Así debió ser...—replicó León muy turbado.—¿Y qué importa? Hubiera vuelto mañana un momento.

—¡Un momento!—exclamó la dama con elocuente dolor.—¡Qué triste es haber dado años como siglos, y verse pagada con momentos!»