León le tomó las dos manos diciéndole:
«Querida mía: es preciso que uno de los dos se someta al otro. He comprendido que si me dejara arrastrar por tí, nuestra perdición sería segura. Déjate, no arrastrar, sino conducir por mí, y nos salvaremos.
—Pues dí... Ya sé lo que vas á decirme... ¡Esperar! Cada loco con su estribillo.»
Puso una cara que demostraba profunda lástima de sí misma; y como la compasión suele anunciarse con sonrisas desgarradoras, sonrió la dama de un modo que haría llorar á las piedras, y dijo:
«¡Esperar! ¿Y si me muero antes?
—No, no te morirás,—murmuró León cogiendo entre sus dos manos la cabeza de ella, como se cogería la de un niño, y besándola.
—Está visto que soy más tonta...—balbució Pepa, que apenas podía hablar.—Harás de mí lo que quieras, bárbaro.
—¿Me obedecerás?
—Eso no se pregunta á quien durante tanto tiempo te ha obedecido con el pensamiento. Yo he soñado que tú venías á mí cuando ni siquiera te acordabas de mi persona; he soñado que me mandabas faltar á todos los deberes, y con la idea, con la inspiración de mi alma te he obedecido. Esta obediencia ha sido mi único gozo, ¡qué satisfacción tan triste! No me acuses por estas miserias de mi corazón lacerado... Es para hacerte ver que la que hubiera ido detrás de tí al crimen, no puede negarse á seguirte si la llevas al bien.
—¿A donde quiera que yo te lleve?—murmuró León, pasándose la mano por la frente.—Dime: ¿y si yo te dijera...?