—¿Qué?—preguntó ella sin aguardar á que concluyera, mejor dicho, cazando la idea con la presteza del pájaro que coge el grano en el aire antes de que caiga.

—La idea de la fuga... ¿ha pasado por tu imaginación?

—¡Oh! por mi imaginación han pasado todas las ideas.

—De modo que si yo te dijera...

—«Vamos,» partiría sin vacilar.

—¿Ahora?

—Ahora mismo. Tomaría en brazos á mi hija...»

Encendida en amante impaciencia, Pepa miraba á su casa y á su amigo. Su alma, desligada de todo lo del mundo, fluctuaba entre dos objetos queridos, dos solos. León tuvo un momento de terrible lucha interior. Después hirió el suelo con el pie, como los brujos antiguos cuando llamaban al genio tutelar.

«Pues te mando que me dejes partir solo y que me esperes,» dijo al fin con resolución que tenía algo de heroísmo.

Pepa inclinó la frente con expresión de cristiana paciencia.