De improviso entró en la reunión un hombre a quien yo había visto mucho en Palacio, y que aun en aquella época privaba mucho con Ramírez de Arellano y Villar Frontín.

—Señores —gritó con voz estentórea—, el marqués de M*** es ministro de Gracia y Justicia.

—¡Viva Lozano de Torres! —exclamó uno de los presentes.

—Su Excelencia ha salido desterrado para el castillo de San Antón, de La Coruña.

—No podía faltar el paseíto —dijo el excolector.

—Ahora mucho cuidado. El señor don Buenaventura nos enviará aquí sus perros. Ya no tendremos un jefe de policía que ampare la reunión.

La conversación se animó. Hubo amenazas, promesas, votos, juramentos y proyectos. Yo me mantenía siempre en una actitud de dignidad y reserva, como hombre amante del justo medio y enemigo de escándalos. Se respiraba allí una atmósfera de pasión que no era la más a propósito para mí, y empecé a sentir hastío. Sin embargo de esto, hice aquella noche algunas amistades. ¡Cuántos hombres conocidos encontré allí, y con cuántos desconocidos trabé relaciones! Había gran número de personas muy notorias por su probidad, por su honrada vida en el comercio y en la industria; había altos empleados que sirvieron o servían aún con buena nota; liberales exaltados que llevaban en sus manos la señal de las esposas del presidio, revolucionarios frenéticos y templados, hombres de ideas nobles y hombres de acción ruda, personas sencillas las unas, inteligentes y astutas las otras, la violencia y la persuasión, la sencillez y la anarquía. Para que nada faltase, vi algunos que se habían distinguido en los seis años por su absolutismo furibundo. El pan que iba a salir de aquel amasijo, solo Dios lo sabía.

Al fin aparecieron los que se ocultaron al principio de la sesión, y Seudoquis dijo:

—Señores, es preciso que nos retiremos. La entrada del marqués de M*** en el ministerio nos quita toda seguridad, y esta casa puede ser registrada cuando menos se piense. Si el señor Lozano no nos protegía abiertamente, me consta que hacía la vista gorda, es decir, que no quería meterse con nosotros y perseguía tan solo a nuestros agentes. El Tigre no hará lo que el Zorro, y dirigirá sus golpes a lo alto. Quizás a esta hora estén cambiados los agentes de policía. Precaución, pues, y cada cual a su casa. Se avisará.

Lentamente fueron desfilando todos. Hubo despedidas cariñosas, apretones de mano, promesas, citas particulares para el día siguiente. Todo era concordia y entrañable afecto. Monsalud y yo nos quedamos los últimos. Riéndome, no sé si de mí mismo o de qué, le dije: