—Mucho quieres saber en poco tiempo. Te advierto que nunca he sido indiscreto. Sigue concurriendo a la reunión, muéstrate activo y servicial, y pondrás tus manos en la masa fina.
—Tienes razón, no debo ser curioso. Pero dime, tú que estás en los secretos, ¿la revolución vendrá pronto?
—Aunque no tengo la fe ciega de otros, creo que esta vez ha de resultar algo de provecho. Se ha trabajado tanto, se ha llevado el hilo de la conjuración a tantas partes, que a poco que de él se tire habrá movimiento en diversos puntos, y cuando el gobierno quiera cortarlo, se enredará en él.
—Por lo que veo y por lo que he oído, tú eres de los que más han trabajado en estos enredos —dije procurando ganarme toda la simpatía de mi amigo—. Desde la conspiración de Porlier andas en danza, Salvador, según lo prueba la hoja de servicios que me enseñó Lozano de Torres. ¿Sabes que por mucho que te den el día del triunfo, no habrá bastante con que recompensarte?
—Yo no trabajo por recompensas, amigo Bragas —replicó—; trabajo por una pasión irresistible que me ocupa todo desde que me vi maldecido por mi patria, y arrojado al suelo extranjero como una bestia maligna. Esta pasión es la que me impele, es la que me mueve, haciéndome infatigable; la que me hace afrontar todos los peligros y despreciar la muerte, a que mil veces estuve expuesto.
—Yo también tengo una verdadera pasión porque mejore la suerte de mi querida patria. Salvador, entre tú y yo hemos de hacer algo muy sonado.
—Mi ambición y la tuya son muy distintas. Tú has empezado a creer que esto va mal desde que has empezado a perder tu valimiento. Yo he creído siempre lo mismo, y mucho me temo que aun después del triunfo, sigan pareciéndome las cosas de mi país tan malas como antes. Esto es un conjunto horrible de ignorancia, de mala fe, de corrupción, de debilidad; recelo que esté el mal demasiado hondo, para que remediarlo puedan los revolucionarios. Entre estos se ve de todo: hay hombres de mérito, buenas cabezas, corazones de oro; pero asimismo los hay tan vanos como bullangueros, que buscan el ruido y el tumulto, no faltando algunos que están llenos de buena fe, pero carecen de luces y de sentido común. Yo he observado este conjunto en que se revuelven sin poderse unir la grandeza de las ideas con la mezquindad de las ambiciones; he sentido al principio cierto temor; pero después de meditarlo, he concluido afirmando que los males que pueda traer la revolución no serán nunca tan grandes como los del absolutismo. Y si lo son, bien merecidos los tienen. Si esto ha de seguir llevando el nombre de nación, es preciso que en ella se vuelva lo de abajo arriba y lo de arriba abajo; que el sentido común ultrajado se vengue, arrastrando y despedazando tanto ídolo ridículo, tanta necedad y barbarie erigidas en instituciones vivas; es preciso que haya una renovación tal de la patria, que nada de lo antiguo subsista, y se hunda todo con estrépito, aplastando a los estúpidos que se obstinan en sostener sobre sus hombros una fábrica caduca. Y esto se ha de hacer de repente, con violencia, porque no siendo así no se hará nunca. Ya sabemos lo que son las promesas hechas en un manifiesto durante los días de miedo. Aquí se han de romper a hachazos las puertas de la tiranía para destruirlas, porque si las abrimos con ganzúa o con su propia llave, quedarán en pie y volverán a cerrarse.
—Salvador, me espantan tus ideas —dije yo, no pudiendo renunciar a mi papel de sustentador del orden social.
—Pues acabas de comprometerte a defender estas ideas que tanto te espantan. Si quieres que sigan gobernando a la nación el capricho de un rey o la ambición infame de media docena de lacayos; si quieres que todo el manejo de la fortuna del reino esté al arbitrio de una mujerzuela o de un palaciego adulador; si quieres que la parte principal de la riqueza del país sea chupada por un enjambre de holgazanes corrompidos, sin ley de Dios ni de los hombres; si quieres que la ignorancia y la barbarie de los pueblos sean ley del estado, y que se proscriban los libros como una plaga; si quieres que un capellán de monjas, más estúpido aunque menos gracioso que fray Gerundio, ponga su veto a las obras del entendimiento más sublime; si quieres que siga este envilecimiento en que tantos seres viven, gobernados como carneros, sin saber pedir cuenta de su conducta a los que les gobiernan; si quieres que todos los hombres eminentes se mueran de miseria y dolor en los calabozos o en los presidios de África, y que los mejores títulos para escalar las altas posiciones sean aquí la adulación, la bajeza, la nulidad, la ignorancia, la intriga; si quieres esto, Pipaón, ¿para qué has salido de Palacio y has entrado en el club?
—Veo, amigo Salvador, que has aprendido en la emigración muchas cosas que antes no sabías.