—En las cárceles de la Inquisición de Logroño —continuó Villela— está una pobre mujer anciana, llamada Fermina Monsalud, a la cual se ha dado tormento para arrancarle declaraciones en la causa que se sigue a un hijo suyo que vive en Francia. Es mujer piadosísima, y a nadie se le ha ocurrido tacharla de herejía. ¿Por qué ha de pagar esa inocente las faltas de otro? Si no pueden atar a la rueda al verdadero criminal, ¿por qué se ensañan en la que no ha cometido otra falta que haberle parido?

—¿Cómo se llama esa señora? —preguntó Lozano, haciendo memoria—. Ese apellido...

—Fermina Monsalud —repuso Villela, guardando el papelito.

—Monsalud... —repitió don Buenaventura, apoyando la barba en la mano y haciendo también memoria.

Tuve intenciones de hablar; pero después de un rápido juicio, resolví no decir una palabra y observar tan solo.

—Esto es una iniquidad, una brutalidad sin nombre —exclamó Villela, golpeando el brazo de la silla—. Hablé anoche de ello a Su Majestad, y Su Majestad se escandalizó...

El ministro y el marqués meditaban.

—Pero eso es cosa del Supremo Consejo —observó Lozano de Torres.

—No quiero cuentas con el Supremo Consejo —repuso Villela—. Bien sabemos todos que este no hace sino lo que le manda el ministro de Gracia y Justicia. Haga usted que pongan en libertad a esa pobre mujer, y cumplirá con la ley de Dios.

—Y con la de los masones —murmuré.