—¿Alguno de los presentes tiene que decir algo en contra de lo que he manifestado? —preguntó Villela con soberbia.

Nuevamente sentí deseos de hablar; pero el recuerdo de la epístola, acompañado de cierto miedo, me cortó la voz.

Don Buenaventura tampoco dijo nada, y seguía meditando.

—Déjeme usted nota —indicó Torres—. Yo veré...

El consejero escribió la nota y la entregó al ministro. Al retirarse, habló así:

—Tengo gran empeño en ello, señor Lozano; pero grandísimo empeño. Si consigo arrancar a esa mártir de las garras de los verdugos de Logroño, me conceptuaré dichoso.

Cuando don Ignacio Martínez de Villela se fue, alzó de súbito la meditabunda frente el señor don Buenaventura, y dando un porrazo con el bastón, exclamó:

—¡Vive Dios, señor Lozano de Torres, que ya no me queda duda!

Don Juan Esteban reía como un zorro, y graciosamente se atusaba con la mano derecha el remolino de cabellos rubios que Dios, cual digno coronamiento de una obra perfecta, había puesto sobre su frente.

—¡Fermina Monsalud! —repitió, leyendo el papel que había dejado Villela.