—Madre de Salvador Monsalud —dijo el marqués—; madre del hombre que anda trayendo y llevando mensajes de los masones; de ese que ha logrado hasta ahora burlar, con su ingenio peregrino, las pesquisas de la justicia.

—El mismo —añadió Lozano—. ¡Ese pobre señor Villela...! vamos, parece increíble.

Vox populi, vox cœli —repuso el Marqués—. Hace tiempo se viene diciendo que muchos elevados personajes de la corte están en connivencia con la masonería; hace tiempo se viene diciendo que el señor Villela... Lo que digo: vox populi, vox cœli.

—Cuando el río suena, agua lleva —afirmó Lozano, que, por no saber latín, expresaba la misma idea en refrán español—. Para mí hace tiempo que no es un secreto el francmasonismo de Villela; pero Su Majestad, a quien don Ignacio ha sabido embaucar con tanto arte, no consiente que se le hable de esto, y sostiene que todo lo que se dice de las sociedades secretas es pura fábula.

—También yo tengo datos para asegurar el francmasonismo del señor consejero que acaba de salir —dijo don Buenaventura.

—Desde que estoy en esta casa —afirmó Lozano— no ha pasado una semana sin que haya venido con pretensiones de indulto, de sobreseimiento o de evasión en favor de algún agitador o revolucionario.

—Y este empeño porque se ponga en libertad a la mamá de ese... Cuando la Inquisición de Logroño le ha dado tormento, ya sabrá por qué lo ha hecho.

—Pues claro está.

—Salvador Monsalud... ¿dónde he oído yo ese nombre? —dijo don Buenaventura, procurando recordar, e irritado de su fatal memoria.

—Hace días que hablé de él en este mismo sitio —repuso Lozano—. Es un revoltoso a quien nunca se ha podido echar el guante.