—Ya... ¡si no se puede castigar a nadie! —dijo el marqués con enfado—. ¡Si todos los criminales se escabullen, protegidos por estos señores que, afectando servir al trono y a las buenas ideas, son los más firmes auxiliares de la revolución! No sé cómo Su Majestad protege a tan pérfidos hipócritas... Ya lo he dicho: la serpiente de la anarquía se agasaja en los mismos cojines del regio solio... ¡Y pretende ahora la nueva vacante del Consejo! Pipaón, o hemos de poder poco, o será para ti.

Me incliné, dando las gracias con lenguaje mudo.

—Es triste lo que está pasando —dijo el ministro—. Prendemos a los revolucionarios, y los primates del absolutismo, los más íntimos amigos del rey, vienen a implorar que se les ponga en libertad.

—Soy familiar de la Santa Inquisición —declaró con vehemencia el Marqués—. Mi deber es seguir la pista a los criminales. Es preciso trabajar con pies y manos para que no se nos venga encima la revolución, ¿estamos? Adelante: urge desenmascarar a los bribones, poner de manifiesto las malas artes y la perfidia de los que les protegen.

—Pues señor familiar de la Inquisición —dijo Lozano sonriendo—, descúbrame usted el paradero de este Salvador Monsalud; proporcióneme los medios de cogerle, y yo le respondo de que no se burlará por más tiempo de los ministros de Su Majestad...

—¿Está en Madrid? —preguntó el marqués.

—Creo que no.

—Está en Madrid —afirmé yo, rompiendo al fin el silencio.

El ministro y don Buenaventura me miraron asombrados.

—No se pasmen ustedes —añadí—: yo no soy masón. Por una casualidad he sabido que está en la corte ese señor mensajero de los revoltosos. Hablando con toda franqueza, debo decir que en nuestra primera mocedad fuimos amigos Salvador Monsalud y yo; pero desde el año 13 no hemos vuelto a vernos.