Cuando Ugarte se marchaba, un criado llegó a la puerta y me entregó una carta que decía:

«¡Victoria, amigo Pipaón, victoria completa! El criminal y sus cómplices están ya en poder de la justicia. Ni uno solo ha podido escapar. Para celebrar tan fausto suceso, vente a cenar conmigo...

El marqués de M***.»

XII

Contesté excusándome, y me quedé en casa. Necesitaba meditar.

Poco después de anochecido entró Jenara a decirme que la cena estaba preparada, y le di la carta para que la leyese.

—Ya ve usted —le dije— que la justicia oficial, cuando quiere tener ojo de lince y brazo de hierro...

La señora no hizo ademán alguno de alegría. Tampoco se entusiasmó cuando le dije que estaba conseguida la libertad de doña Fermina Monsalud, aunque me dio las gracias, asegurándome que había librado su alma de un gran peso. La cena pasó triste y grave, hablando Jenara y yo de asuntos indiferentes. Como le preguntase los motivos de su melancolía, me dijo:

—Hace muchos días que Carlos no me escribe, y estoy con cuidado.

—Se habrá puesto en camino.

—¿Sin avisármelo? —dijo vivamente y como enojada.