Poco después dimos tertulia al señor de Baraona, que no salía de su habitación, y para alegrarle un poco el espíritu le notifiqué la prisión de su enemigo.
—Tengo poca fe —respondió— en el rigor de estos señores. ¿Quién me asegura que el criminal recién aprehendido no se paseará mañana por las calles de Madrid? Ya te he dicho, querido Pipaón, que la justicia está minada. Es como un doble edificio: en sus magníficas salas se sientan jueces de cartón que sentencian, discuten y condenan, asistidos de miserables ministriles. Ve esto el necio vulgo, creyéndolo justicia; pero no ve el laberinto de entradas y salidas que en lo macizo de sus paredes y cimientos tiene el tal edificio, por los cuales pasos secretos se escurren los criminales, a ciencia y paciencia de aquellos señores jueces de figurón. Desengáñate, hijo, los hombres del gobierno, los jueces, los consejeros, los ministros, forman hoy una especie de retablo, donde mil vistosos personajes accionan y se mueven con las apariencias de la vida. Acércate, mira bien, y verás que todo es cartón puro: cartón el cetro del monarca; cartón la espada de los generales; cartón la vara del alcalde; cartón la cuchilla del verdugo.
Trajéronle las sopas, y calló.
Poco después Jenara y yo, luego que dejamos dormido al viejo, nos reunimos en el comedor, junto al brasero. Soltaba ella la labor para tomar un libro, y luego el libro para coger la labor, demostrando en esto que su espíritu se hallaba atormentado por ideas contrarias, y en un estado de obsesión inquieta que no podía vencer, variando a cada paso el entretenimiento con que quería darle reposo. Púseme yo a leer el Diario, papel mucho más entretenido entonces que su único compañero de publicidad, la Gaceta, y de repente Jenara hizo una pregunta que me heló la sangre en las venas.
—¿En dónde ahorcan aquí? —dijo.
—En la plazuela de la Cebada —repuse—. Se alquilan balcones, como en Corpus.
Jenara, tomando la labor, empezó a dar terribles pinchazos con la aguja. Sus dedos parecían el pico de un pájaro hambriento. Torné yo a mi lectura del Diario, y de nuevo me distrajo súbitamente, diciéndome:
—En verdad, Pipaón, merece usted una corona por la diligencia que ha mostrado en este negocio.
—¿Servir al estado y servirle a usted no es estímulo bastante para un hombre?
Jenara, dejando la labor, tomó otra vez el libro; pero al poco rato apartolo con hastío.