—Pero están hechos pedazos y cada pieza por su lado —replicó Mortero—. Yo cojo todos los días madera y hierro para remendar las guitarras, y hacer obra nueva. Si no fuera esto, no tendría materiales para la juguetería... Hago caballitos, nacimientos, peonzas, aros, ballestas y mil diversiones para los niños... Lo que servía para atormentar se lo llevaron hace poco a la cárcel de la Corona en la calle de la Cabeza... lo pidieron las comisiones de Estado... Lo que ahí queda, entre los ratones y yo lo acabaremos.
Después del temor que yo había experimentado, sufrió mi alma una transición notoria: un vivo sentimiento de lo cómico se apoderó mí. Produjo estos efectos la disparidad que resultaba entre el terrible tribunal como la mente lo concebía, y la grotesca realidad de sus calabozos; pero lo que principalmente había enfriado de súbito mi terrorífica excitación, era la voz, el gesto, la figura del miserable viejecillo, cuya persona en aquellas oscuridades inofensivas se asociaba al siniestro exurge domine. Era aquello como el despertar en sainete después de haber soñado tragedias. Como alta torre que se desploma, así cayó ante mis ojos el tremendo aparato fantástico de la Inquisición de Corte, y roto el negro capuchón, aparecía desnudo el vil mamarracho, cuya grotesca risa más inspiraba desprecio que horror.
—Pero ¿usted quién es? ¿Qué hace usted aquí? —pregunté a Mortero sin poder refrenar mi curiosidad.
—Yo barro las salas bajas —respondió—, limpio el patio, hago recadillos a los señores, les arreglo el calzado, subo agua, voy por una onza de rapé, saco a paseo los niños del conserje, y remiendo y compongo los sillones, las cajas, las mesas y la estantería del archivo.
Mirándole y recordando al fin su historia, no pude menos de echarme a reír. Era un antiguo chalán del Rastro, contrabandista y capitán de matuteros, gran maestro de los tomadores del dos y hombre de empuje para toda empresa difícil.[3] Puestas a un lado las armas, cuando con la edad se acabaron a nuestro héroe las fuerzas, se dedicó al comercio de las Américas, o sea el tráfico del Nuevo Mundo; que estos nombres tienen hacia el sur de Madrid las industrias de compra y venta establecidas en la Ribera de Curtidores. A Mano de Mortero no le favoreció mala suerte. Parece que la justicia dio en creer que el almacén de aquel varón insigne se abastecía del hurto, teniendo por principales acopiadores a todos los ladrones de la corte.
[3] Véase Napoleón en Chamartín. 1.ª serie, tomo 5.º
¡Infame y vil calumnia! Víctima de ella, el pobrecito Mano de Mortero hubiera sido indignamente perseguido sin la caritativa intervención de los padres de la Merced que le tenían particular afecto; y no solo le libraron estos de las execrables garras de la justicia, sino que lograron colocarle en un puesto humilde, pero honroso, dependiente de la conserjería de la Inquisición de Corte. El sueldo era casi una limosna; pero Mortero era Mortero y se las ingeniaba en aquellas profundidades. Llevó toda su hacienda al lóbrego departamento que le destinaron, y no le faltaban industrias que ejercer. ¡Extrañas anomalías del siglo! La casa de la Inquisición ofrecía un refugio al inválido de la matutería, al insigne Aquiles retirado de las epopeyas del contrabando, al atleta de las luchas con la autoridad civil. Cuando le hacían notar esta coincidencia singular y el amparo que recibía en su vejez, decía sonriendo:
—Buenos barriles de vino les he regalado en mis tiempos. No volvía nunca a Madrid de mis viajes sin traerles la sarta de chorizos, la pieza de cotonía inglesa, el jamón de Portugal, o las docenas de pañuelos del Bearne...
La Inquisición no era muy escrupulosa en aquellos tiempos para elegir el bajo personal que le servía. Todo el mundo sabe que cuando la de Murcia se encargó de los presos políticos después de fracasada la intentona de Torrijos en 1817, tenía por carcelero a un gitano. Fácil fue a los conspiradores que no habían sido puestos a la sombra, salvar de la prisión a sus compañeros. La respetable persona que les guardaba hizo lo que puede suponerse. El historiador que se ocupa del gitano, dice que en Madrid no estaba la Inquisición mejor servida que en Murcia; pero no nombra al insigne Mano de Mortero, sin duda porque este gitano era más oscuro y subterráneo que el de Murcia. Lo que sí dice, es que ciertos conspiradores habían encontrado medio de penetrar en la Inquisición desde una casa cercana, a la cual, por el mismo camino, vamos a pasar ahora Monsalud, yo y mis lectores, si quieren por entre estas tinieblas seguirme.
Pronto dejamos las bóvedas de la Inquisición, subimos otra escalera, pasamos a un patiecillo, donde, despidiéndonos cordialmente, nos abandonó el señor Mano. Salvador llamó a la puerta que allí se veía, y abierta por un hombre de aspecto común, nos encontramos en una casa, en una verdadera casa, como todas las que habitamos los hombres.