Mentira me parecía verme ya fuera de la región de oscuridad y miedo.
—Aquí se respira, aquí se vive— dije a Salvador.
Atravesadas varias piezas, llegamos a una en que había varios estantes con libros, mapas, planos, esferas geográficas y otros objetos que convidaban al estudio.
—¿Pero estamos en una academia? —pregunté—. Hemos pasado de la Inquisición a los libros... ¡Cuán cerca están el gato y el ratón!
—¿No ha venido nadie? —preguntó mi amigo al hombre que nos guiaba.
—Sí, señor —repuso este—. Allá están los señores López Pinto, Infante, Seudoquis y media docena de paisanos.
—¿Pero en dónde estamos? —pregunté con viva curiosidad, cuando nos dirigíamos al sitio que el portero, criado o lo que fuese, designó simplemente con la palabra allá.
—¿No has oído decir que Su Majestad nombró en 1814 una comisión de oficiales del ejército, para que escribiese la Historia de la guerra de la Independencia?
—Sí. Dicen que la obra está atrasadilla.
—¿No sabes que se dio a la comisión un edificio de mostrencos para que en él se reuniese, y con todo recogimiento y comodidad pudiera dedicarse a sus trabajos?