—Sí; en la calle de la Flor Baja.

—Pues en esa calle y en el edificio de la comisión estamos. Solo que los señores oficiales...

—En vez de dedicarse a escribir se dedican a conspirar. También lo había oído decir. Pero hace poco, ¿no se disolvió la comisión?

—Sí; pero ellos conservan las llaves del edificio y se reúnen aquí algunas veces. Has de saber que esto no es logia masónica; es una junta de patriotas. La iniciación es sencillísima, y basta ser presentado por cualquiera de nosotros.

—Pero esta reunión... ¿cómo la tolera el gobierno?

Monsalud alzó los hombros.

—Yo creo que tiene noticia de ella; pero el gobierno está también minado, como está minada hasta la misma Inquisición.

—Por cierto que no acabo de explicarme...

—A poco de frecuentar esta casa, descubrieron algunos que, haciendo una pequeña obra, se podía pasar fácilmente por los sótanos del edificio al cercano de la Inquisición. El arquitecto de estas viejísimas casas previó la confusión que había de venir con los tiempos nuevos, y el trabajo socavador de las ideas que por todas partes se meten y toda histórica muralla horadan. Logramos seducir primero a dos o tres empleaduchos del tribunal, y, por último, al conserje mismo. Hasta se me figura que algún inquisidor debe de tener noticia de que solemos pasar allá y revolverles un poco el archivo; pero no se atreve a decir nada, porque nos tienen miedo.

—¡Miedo los inquisidores!