—O simpatía... también puede ser. La Inquisición es hoy una cosa que se aburre, un instituto infinitamente fastidiado de sí mismo. Sus procesos son un bostezo. Si en los tribunales de provincia se conserva bastante rigor (testigo de ello mi madre), el de Corte es una decrepitud lela, un aburrimiento, como te he dicho, que anuncia la paralización del sepulcro. Nos burlamos de este perplejo estafermo, que se duerme con el azote en la mano. El tunante Mortero, convirtiendo en juguetes para la industria los instrumentos de suplicio, te dirá más que todos los razonamientos. Por cierto que no se ve tipo más truhanesco que este antiguo chalán del Rastro, a quien la Inquisición ha dado asilo en su casa. Una noche estaba yo en la habitación de él admirando sus industrias y oyéndole contar graciosas historias, cuando vi entrar a doña Fe. Mientras nosotros ganábamos al buen gitano, este había explorado la vecindad y héchose amigo de tu sirvienta. Los dos se entendían admirablemente. En prueba de ello, busca bien en tu casa y encontrarás no pocos platos de menos.
—Ya lo he notado.
—Comprenderás que sentí curiosidad y deseos de entrar en tu casa, y que, dado el carácter de doña Fe, no me fue difícil conseguirlo.
—Tú mismo me dejaste el papel... ¡Si supieras qué rato me hiciste pasar...!
—Esta noche entré como has visto, y por los motivos que ya sabes. Vine aquí después del lance ocurrido en mi casa, y hallándome en esta misma sala, lleno de confusión, perplejidad y amargas dudas, resolví hacerte una visita. Ya ves cuán fácil y natural explicación tiene lo que a ti te ha parecido efecto de masónicos conjuros. No tengas por masones a doña Fe y al criado que ella misma te propuso; tenlos por dos grandes tunantes; échalos a la calle y cuida mejor las puertas de tu casa.
—¡Vive Dios, que has hablado como un libro! Ahora dime qué vamos a hacer aquí, y con qué clase de gente tenemos que habérnoslas.
—Ya te he dicho que esto es una reunión de patriotas pura y simple, no una logia masónica. No esperes nada simbólico ni terrorífico. Eso lo hay en otras partes; pero la revolución es tan urgente y tiene tanta prisa, que ha dejado a un lado los floretes para tomar las espadas.
—Pues adelante; entremos.
XVII
Pasamos a una pieza grande, mejor amueblada que alumbrada, en la cual había hasta diez personas. Algunas de ellas revelaban claramente su profesión militar, aunque no tenían uniforme. Hablaban en alta voz con gran algazara. Cuando Monsalud me presentó a ellos, diciendo mi nombre y apellido con la añadidura de los cargos que había desempeñado, callaron todos, y no se oyó más que un murmullo. Creeríase que mi nombre había caído en la reunión como un jarro de agua en brasero encendido.