Pero el que llamaban Seudoquis, que parecía tener cierta superioridad sobre los demás, se dignó hablarme con benevolencia.
—Las adhesiones de personas importantes que cada día recibimos —dijo con petulancia— prueban que el absolutismo se desmorona.
—Hemos llegado a un punto —repuse— en que es indispensable tratar de una revolución en el gobierno. Yo no valgo nada. Usted me favorece demasiado... Doy a usted las gracias...
Y luego para mi capote añadí:
«¡Cuatro tiros te daría yo de buena gana, tunante!»
—Eso lo reconocen todos los hombres de talento —dijo otro de los presentes.
—Yo mismo lo vengo sosteniendo —indiqué—. Público es y notorio que he aconsejado a Su Majestad... Pero a ese pobre señor... a ese pobre señor le han puesto una venda en los ojos y es muy difícil arrancársela. La corte debiera comprender su interés y transigir con ustedes.
Y para mis adentros añadí:
«¡Qué bien os vendría un par de carreras de baqueta a cada uno!»
—La cosa ha llegado a tal extremo —dijo el que nombraban López Pinto— que ya son contados los personajes importantes que no están dispuestos a ayudar a la revolución... Pero vamos a lo positivo y ocupémonos de lo que nos ha reunido aquí. ¿Cómo es la gracia de ese señor?