Yo di mi nombre, y lo apuntaron.

—¿Quién responde del señor Pipaón?

—Yo respondo —dijo Monsalud—. Pero siguiendo la costumbre, se extenderá un acta y él la firmará.

Maldita la gracia que me hacía poner mi nombre y rúbrica al pie de un compromiso revolucionario; pero me acordé de las amonestaciones de don Antonio Ugarte, y eché mano a la pluma. En el documento constaba que, admitido yo a la reunión y hecho partícipe del objeto y plan de ella, me comprometía a cooperar en la obra revolucionaria. Firmaban cuatro además del presentado y del presentador, y aquella hoja se unía al cartapacio que uno de los militares llevaba siempre consigo.

Encabezaba el cuaderno una declaración importantísima, punto capital del programa revolucionario, y era que aquellos señores y yo desde tal momento, prometíamos hacer todos los esfuerzos imaginables para derrocar el absolutismo y restablecer la Constitución de Cádiz.

«Antes os derrocaría yo la cabeza», dije para mí mientras firmaba, decorando mi faz con una sonrisilla.

Con tan breve fórmula quedé armado caballero de la caballería demagógica, sin más petada ni espaldarazo. Esta sencillez patriarcal no dejó de llamarme la atención. Seudoquis me dijo:

—No todos los personajes importantes que se abrazan a la revolución tienen el valor de venir aquí. Muchos hay que trabajan desde sus casas, en el mismo Palacio y en los ministerios. Parece seguro —añadió, bajando la voz— que el señor Lozano de Torres es nuestro.

—Esta mañana le vi —dije yo—, y no sé por qué me pareció un poco inflamado de ardor revolucionario.

—Es indudable que esta noche deja de ser ministro.