Empezó a entrar gente, y bien pronto la sala estuvo tan llena, que hacía allí un calor sofocante. La animada conversación, las preguntas de fuego sostenían también una elevada temperatura moral. Sorprendíanse algunos de verme allí, y por mi parte no volvía de mi asombro al ver en tal sitio a ciertas personas. Aquello tenía todo el aspecto de un club, y no parecía que nos reuníamos para tratar una cuestión concreta, sino que nos congregaba el deseo de desahogar por la vía oratoria las pasiones políticas. Eran oídos los que más gritaban, y en ciertos momentos todos hablaban a la vez, resultando que ninguno podía ser escuchado. Yo había resuelto hacerme notar desde el primer momento, y como repetidas veces me manifestaran deseos de que dijese alguna cosa, me subí sobre un banco, y con gesto académico y cara sentimental, me expresé de este modo:
—«Señores: Voy a hablaros con toda la franqueza propia de mi carácter... porque yo llevo siempre el corazón en los labios; yo no conozco el disimulo; soy un hombre que hasta en sus defectos (pues tengo muchos, dicho sea sin modestia) lleva el sello de la más pura lealtad. Señores: faltaría a esa misma lealtad de que blasono si yo viniera aquí ahora haciéndome pasar por liberal de toda mi vida, cantando himnos a la Constitución y apostrofando al absolutismo. Si eso se me exigiera, por la misma puerta por donde he entrado me marcharía, con el corazón lleno de amargura, pero con la conciencia tranquila. (Bien, bien.)
»No; yo no puedo presentarme aquí alardeando de servicios prestados a la causa constitucional, ni afectando un entusiasmo tardío. Quédese eso en buen hora para los que se vuelven siempre al sol que más calienta, para los que adoran el triunfo, cualquiera que este sea. Yo diré más, señores: yo levantaré ante vosotros, hombres honrados y leales, mi cabeza humilde, pero honrada también, y diré: «Señores, he sido absolutista; he servido al gobierno absoluto; he merecido la amistad de mi soberano, a quien desde aquí respetuosamente saludo.» Diré más aún; diré: «Yo he trabajado contra la revolución; he procurado atajarla por cuantos medios estaban a mi alcance.» Pues bien, señores: esta franca declaración mía, ¿no es una garantía de mis intenciones? ¿No prueba que no soy un aventurero? ¿No indica claramente que traigo aquí ideas de rectitud, de buen proceder, y, sobre todo, del más puro patriotismo y lealtad? (Sí, sí.)
»Pero los que me escuchan dirán: «¿Cómo este hombre, que ha servido al absolutismo, viene a servirnos ahora, a nosotros?» Se hablará de defección, de inconsecuencia, de falta de lógica. No, señores, no, y mil veces no. Yo he visto el abismo a que es rápidamente conducida la nación por hombres perversos; yo veo los graves, los hondos, los inmensos males de la patria; veo a la corte desbocada, digámoslo así, por un despeñadero; la veo tocando ya al término de la perdición, de la ruina. Hago esfuerzos para salvarla, y no puedo; quiero detenerla, y me atropella; le grito, y no oye. ¿Qué hacer, señores, qué hacer? ¿Cruzarme de brazos y contemplar con fría imperturbabilidad el desdoro y la destrucción de mi patria? ¿Encerrarme en mi egoísmo, no ver más que mi propia persona y dejar que la revolución y el absolutismo se despedacen en feroz encuentro? ¡Oh!, no, señores, y mil veces no. Los que tenemos un corazón que nace al dulce nombre de patria; los que hacemos nuestras las alegrías y las penas de la tierra en que hemos nacido, no podemos proceder de esa manera. Una voz dolorida suena en nuestro cerebro, y el corazón palpita al representarse las angustias de la patria agonizante. ¡Bendita seas una y mil veces, oh patria generosa, bella y desdichada! ¡Bendita seas, y malditos los que no estén prontos a derramar por ti la última gota de su sangre!» (Emoción general.)
Tuve que detenerme, porque yo también me conmovía y la voz se ahogaba en mi garganta.
—«Perdonadme, señores —continué, reponiéndome y pasando el pañuelo por mis ojos—; perdonadme si mis palabras desdicen de la gravedad de este lugar, si me dejo llevar de sentimientos... porque sin quererlo... casi me he puesto en ridículo. (No, no; que siga.) No puedo tratar de ciertos asuntos sin mostrar toda la sensibilidad de mi corazón... Pues decía, señores, que un hombre honrado no puede permanecer tranquilo en presencia de los males gravísimos que todos conocemos. Yo, como otros muchos, he fijado los ojos en la idea que bullía en estos lugares secretos. Por lo mismo que la combatí, reconozco su poder; ¿a qué negarlo? Nadie se atreverá a sostener que la idea liberal es mala en sí; nadie, nadie. Yo mismo, que la he combatido, he dicho, fijaos bien, señores; he dicho que la idea liberal y aun la Constitución del 12 podían ser de provecho en determinado día... Pues ¿quién duda eso? Estableciose el absolutismo cuando era natural y lógico que se estableciera, porque la desorganización nacional, consecuencia lógica de la guerra, exigía una unidad poderosa que amalgamara los elementos dispersos. Pero el absolutismo, entiéndase bien esta idea, que yo he sostenido siempre, no podía considerarse sino como transitorio, como una obra de las circunstancias. Bien claro lo dice el manifiesto del 4 de mayo de 1814. Pues bien: así como fue natural y lógico establecer el absolutismo, entiéndase bien, señores, ahora es lógico y naturalísimo que el absolutismo cese... No; España no puede continuar por más tiempo siendo una excepción en Europa. No solo Luis XVIII, sino también Alejandro, el autócrata ruso, han aconsejado a nuestro rey la adopción de una Carta constitucional. Esto es lo lógico; los tiempos lo reclaman, el país lo pide a grito herido; porque el país, señores, tiene mejor que nadie el instinto de su conveniencia; y así como aplaudió hace cinco años el absolutismo, aplaudirá después el gobierno liberal, sabiamente establecido. Y ahora pregunto yo: en estas ideas que he vertido, y que son norma de mi conducta, ¿hay defección, hay inconsecuencia, hay falta de formalidad? (No, no.)
»Repito que yo no vengo aquí a proclamarme revolucionario rabioso. No soy ni siquiera revolucionario. Mi sistema político se funda en un orden perfecto, en una concordia preciosa. Gobierno prudente y liberal; reformas sabias; respeto a Su Majestad; orden, mucho orden. Si se trata de escándalos, de disturbios sangrientos, me marcharé por donde he venido, iré a llorar en la soledad de mi retiro los males de la patria, y los errores y la ceguera de mis conciudadanos. (Muy bien.) No me pidan manifestaciones calurosas. Trabajaré por el cambio de gobierno. Trabajaré con ardor y celo, pero sin demostrar esa vana oficiosidad de los que se unen a las revoluciones para desacreditarlas, mientras sacan provecho de ellas. Yo no quiero provecho; yo quiero ser el primero en el trabajo y el último en la recompensa. Quiero ser el último, señores; quiero permanecer en la oscuridad el día del triunfo. El que no se acuerde de mí en dicho día, me hará el mejor servicio que puedo apetecer. Ruego a todos los presentes que no vean en mí más que un hombre oscuro, que podrá equivocarse, que se ha equivocado tal vez, pero que jamás ha fingido sentimientos ni ideas que no sintiera. Con la misma lealtad y franqueza con que expuse antes mis servicios al absolutismo, declaro ahora que creo en el triunfo de las ideas liberales. Yo no engaño, yo no finjo, yo no hago papeles diversos; yo no tengo entusiasmos hoy, frialdades mañana y veleidad y novelería siempre; en una palabra, yo no sirvo a partidos, ni a pandillas, ni a poderes, ni a reyes, sino a la madre que reverencio y adoro, a la patria idolatrada, objeto de todas mis ansias, de todos mis desvelos, de todos mis amores. Fijos los ojos en la patria, exclamo: Joven libertad, yo te saludo. He dicho.»
Concluí mi discurso entre señales de aprobación tan manifiestas y calurosas, que, a pesar de estar yo en el secreto, como autor de la pieza oratoria que acababa de leerse, no pude menos de admirarme a mí mismo. Mi discurso, dicho sea sin modestia, era un modelo en ese género resbaladizo, flexible y acomodaticio, que sirve, mediante hábiles perfidias de lógica y de estilo, para defender todas las ideas y pasar de uno a otro campo. Era un modelo en lo que podemos llamar el género de la transición. Yo descubría maravillosas facultades para la política.
Los buenos revolucionarios, al aplaudirme y admirarme irreflexivamente sin indagar mi historia, no hacían más que cumplir las condiciones inevitables de su carácter, que eran candor y generosidad. La mayor parte de ellos tenían una buena fe excesiva, y abrían los brazos a todo el mundo, viniera de donde viniese. Dejábanse cautivar por los discursos amañados y retumbantes, sin reparar de qué boca salían, dándose el caso aquella noche de que a un hombre como yo le festejaran, considerándole como una esperanza de la joven libertad.
Otros hablaron después que yo; pero no se oyeron más que discursos violentos, sin aquella mesura y espíritu práctico, sin aquel justo medio, y aquel pulso que resplandecían en el mío. Yo hablé como hombre de gobierno; ellos como agitadores desalmados. Yo hablé desde un terreno en que fácilmente se podía volver la vista al absolutismo y al constitucionalismo, vistiendo al uno con los trajes del otro, según conviniera; ellos quemaban sus atrevidas naves, declarándose jacobinos. ¡Diferencia notable! El porvenir era mío. Ellos morirían despedazados por sí propios.