Últimamente, la reunión se dividió en grupos, y hablaban todos a un tiempo. Yo advertí que Monsalud, Seudoquis y otros habían desaparecido después de mi presentación, sin oír mi discurso, y curioso por saber dónde se escondían, lo pregunté a un señor excolector de Espolios que conmigo charlaba.

—Están en la sala inmediata —me dijo—. Esas cabezas de la conspiración deliberan secretamente. Para pasar allí es preciso haber trabajado mucho y servido bien a la causa. Creo que esta noche hay noticias importantes: ya nos las dirán. Se dice que va a salir al momento un comisionado para Andalucía.

Uno que parecía militar de elevada graduación se acercó y nos dijo:

—Se asegura que esta noche misma vendrá aquí por primera vez a inscribirse y a comprometerse don Juan Esteban Lozano de Torres.

—¡Hombre!... ¡Tan pronto!... —exclamé yo.

—Señor de Pipaón, aprendamos a ver claro y a no juzgar a las personas por lo que aparentan. Yo mismo he visto a Lozano en la logia masónica de la calle de las Tres Cruces.

—La verdadera masonería dicen que no es revolucionaria.

—Hay de todo; por ahí se empieza.

—No; no es que yo ponga mi mano en el fuego por la pureza antirrevolucionaria de don Juan Esteban —dije—. Él, como todos nosotros, habrá comprendido que es imposible sostener el absolutismo... Quien no se dejará bautizar fácilmente con estas aguas, amigo, es el señor marqués de M***, a quien se indica para sucesor de Lozano.

—También lo creo así. El marqués de M*** no será de los nuestros hasta que triunfemos. Su anticonstitucionalismo consiste en que no cree en la posibilidad de la caída. Allá veremos. Me temo que si entra ese señor en el ministerio, sea esta la última noche en que nos reunamos aquí.