Pero yo continuaba con mi idea fija y la contrariedad que me atormentaba. A ratos analizaba aquel singular estado mío, asombrándome de verme tan dominada por un capricho vano. Es verdad que yo le amaba; pero ¿no había sabido consolarme honradamente de su ausencia después de Benabarre? ¿Por qué en Sevilla ponía tanto empeño en tenerle a mi lado? ¿Acaso no podía vivir sin él? Meditando en esto, me creía muy capaz de prescindir de él en la totalidad de la vida; pero en aquel caso mi corazón había soltado prendas, habíase fatigado mucho, había, digámoslo así, adelantado imaginariamente gran parte de sus goces, y padecía horriblemente hasta hacerlos efectivos. El suplicio de Tántalo a que estaba sujeto irritábale más, y ya se sabe que las ambiciones más ardientes son las del corazón, y que en él residen los caprichos y la terrible ley satánica que ordena desear más aquello que más resueltamente nos es negado. Así se explica la indecorosa persecución de un hombre en que yo, sin poder dominarme, estaba empeñada.
Ordené a Mariana que se preparase para salir conmigo. Mientras yo me peinaba y vestía, díjome que había oído hablar de la partida de Su Majestad aquella misma tarde, y que Sevilla estaba muy alborotada. Poco me interesaba este tema y le mandé callar; pero después me contó cosas muy desagradables. En la noche anterior, y por la mañana, dos diputados residentes en la misma casa, y que entre manos traían la conquista de mi criada, le habían hecho, con respecto a mí, indicaciones maliciosas. Según me dijo, eran conocidas y comentadas mis relaciones con el secretario del duque del Parque. ¡Maldita sociedad! Nada en ella puede tenerse secreto. Es un sol que todo lo alumbra, y en vano intenta el amor hallar bajo él un poco de sombra. A donde quiera que se esconda vendrá a buscarle la impertinente claridad del mundo, de modo que por mucho que os acurruquéis, a lo mejor os veis inundados por los rayos de la intrusa linterna que va buscando faltas. El único remedio contra esto es arrojar mucha, muchísima luz sobre las debilidades ajenas, para que las propias resulten ligeramente oscurecidas. No sé por qué desde que Mariana vino a mí con aquellos chismes, me figuré que mi difamación procedía de los labios de la marquesa de Falfán. «¡Ah, bribona! —dije para mí—, si yo hablara...»
Las hablillas no me acobardaron. Siendo culpable, hice lo que corresponde a la inocencia: despreciar las murmuraciones.
Cuando manifesté a Mariana que pensaba ir a buscarle a su propia casa, hízome algunas observaciones que me desagradaron, sin que por ellas desistiera yo de mi propósito.
—¿No averiguaste ayer la casa donde vive?
—Sí, señora: en la calle del Oeste. Pero usted no repara que en la misma casa viven también otras personas de Madrid que conocen a la señora...
Ninguna consideración me detenía. Escribí una carta para dejarla en la casa si no le encontraba, y salimos. Mariana conocía bien Sevilla, y pronto me llevó a la calle del Oeste, hacia la Alameda Vieja, junto a la Inquisición. Salvador no estaba. Dejé mi carta, y corrimos a casa, porque al punto sospeché que mientras yo le buscaba en su vivienda, me buscaba él en la mía. Así me lo decía el corazón impaciente.
—Me aguardará, de seguro —pensé—. Ahora, ahora sí que no se me escapa.
En mi casa no había nadie, pero sí una esquela. Salvador estuvo a visitarme durante mi ausencia, y no pudiendo esperar, a causa de sus muchas ocupaciones, dejome también una carta en que así lo manifestaba, añadiendo, entre expresiones cariñosas, que por la tarde, a las cuatro en punto, me aguardaba en la catedral. Después de indicar la conveniencia de no volver a mi casa, me suplicaba que no faltase a la cita en la gran basílica y en su hermoso patio de los Naranjos. Tenía preparado un coche en la puerta de Jerez para irnos de paseo hacia Tablada.
—¡Gracias a Dios! —exclamé—. Esta tarde...