Tomando mis precauciones para que nadie me importunase y poder estar libre a la hora de la cita, consagré algunas al descanso. Pero la inquietud me abrasaba, y a las tres me fui a la catedral. Era la hora del coro, y los canónigos entraban uno tras otro por la puerta del Perdón. Algunos se detenían a echar un parrafito en el patio de los Naranjos, paseando junto al púlpito de San Vicente Ferrer.

Al encontrarme dentro de la iglesia, la mayor que yo había visto, sentí una violenta irrupción de ideas religiosas en mi espíritu. ¡Maravilloso efecto del arte, que consigue lo que no es dado alcanzar a veces ni aun a la misma religión! Yo miraba aquel recinto grandioso, que me parecía una representación del universo. Aquel alto firmamento de piedra, así como las hacinadas palmas que lo sustentan, y el eminente tabernáculo, que es cual una escala de santos que sube hasta Dios, dilataban mi alma haciéndola divagar por la esfera infinita. La suave oscuridad del templo hace que brillen más las ventanas, cuyas vidrieras son como un fantástico muro de piedras preciosas. Las vagas manchas luminosas de azul y rosa que las ventanas arrojan sobre el suelo, se me figuraban huellas de ángeles que habían huido al sentir nuestros pasos.

Las ideas abrumaban mi mente. Senteme en un banco; sentía la necesidad de meditar. Delante de mis pies, a manera de alfombra de luces, se extendía la transparencia de una ventana. Alzando los ojos veía las grandiosas bóvedas. Zumbaba en mis oídos el grave canto del coro, y a intervalos una chorretada de órgano, cuyas maravillosas armonías me hacían estremecer de emoción, poniendo mis nervios como alambres. A poca distancia de mí, a la izquierda, estaba la capilla de San Antonio, toda llena de luces, por ser 12 de junio, víspera del santo, y de hermosos búcaros con azucenas y rosas. Volviendo ligeramente la cabeza, veía el cuadro de Murillo y su espléndido altar.

Yo pensaba en cosas religiosas; pero mi egoísmo las asociaba al amoroso afán que me poseía. Pensaba en la santidad de la unión sancionada por la Iglesia y de los lazos matrimoniales cuando son acertados. Consideraba lo feliz que hubiera sido yo no equivocando, como equivoqué, la elección de marido. También pasó por mi mente, aunque con gran rapidez, el recuerdo de la infeliz joven a quien con mis engaños precipité en los azares de un viaje absurdo; pero esto duró poco, y además me apresuré a sofocar tan triste memoria, dirigiendo el pensamiento a otra cosa.

La imagen que tan cerca estaba atraje mi atención. Aquel santo tan bueno, tan humilde, compañero y amigo de los pobres, es, según dicen, el abogado de los amores y de los objetos perdidos. Ocurriome rezarle, y le recé con fervor, de labios y aun de corazón, porque en aquel instante me sentía piadosa. No solo le pedí como enamorada, sino como quien busca y no encuentra cosas de gran valor; y mientras más le rezaba, más me sentía encendida en devoción y llena de esperanza. Concluí adquiriendo la seguridad de que mi afán se calmaría aquella misma tarde; y juzgando que mi entrada en la catedral, como punto de cita, era obra de la Providencia, mi alma se alivió, y aquella tensión dolorosa en que estaba fue cesando poco a poco.

¿Cómo no esperar, si aquel santo era tan bueno, tan complaciente que mereció siempre el amor y la veneración de los enamorados? No pude estar allí todo el tiempo que habría deseado, porque me daba vértigo el olor de las azucenas, y también porque la hora de la cita se acercaba. Cuando salí al patio, y en el momento de pasar bajo el cocodrilo que simboliza la prudencia, la alta campana de la Giralda dio las cuatro.

No habíamos llegado al púlpito de San Vicente Ferrer, cuando Mariana y yo nos miramos aterradas. Sentíamos un ruido semejante al de las olas del mar. Al mismo tiempo mucha gente entraba corriendo.

—¡Revolución, señora, revolución! —gritó Mariana temblando—. No salgamos.

La curiosidad, venciendo el miedo, me llevó con más presteza hacia la puerta. Vi regular gentío que llenaba todo el sitio llamado Gradas de la Catedral, y parecía extenderse por delante del Palacio arzobispal y la Lonja hasta el Alcázar. Pero la actitud de la muchedumbre era pacífica, y más parecía de curiosos que de alborotadores. Al punto comprendí que la salida de la corte motivaba tal reunión de gente, y se calmaron mis súbitas inquietudes. Esperaba ver de un momento a otro a la persona por quien había ido a la catedral, y mis ojos la buscaron entre el gentío.

«Aguardaremos un poco», pensé dando un suspiro.