La muchedumbre se agitó de repente, murmurando. Por entre ella trataba de abrirse paso un regimiento de caballería que apareció por la calle de Génova. Entrad la mano en un vaso lleno de agua, y esta se desbordará; introducid un regimiento de caballería en una calle llena de curiosos, y veréis lo que pasa. Por la puerta del Perdón penetró un chorro que salpicaba dicharachos y apostrofes andaluces contra la tropa, y tal era su ímpetu, que los que allí estábamos tuvimos que retroceder hasta el centro del patio. Entonces un sacristán y un hombre forzudo y corpulento, de esos que desempeñan en toda iglesia las bajas funciones del transporte de altares, facistoles o bancos, o las altísimas de tocar las campanas y recorrer el tejado cuando hay goteras, se acercaron a la puerta, y después de arrojar fuera toda la gente que pudieron, cerraron con estruendo las pesadas maderas. Corrí a protestar contra un encierro que me parecía muy importuno; mas el sacristán, alzando el dedo, arqueando las cejas y ahuecando la voz como si estuviera en el púlpito, dijo lacónicamente:
—De orden del señor deán.
XXVIII
Mucho me irritó la orden del señor deán, que sin duda no esperaba a una persona amada, y entré en la iglesia consolándome de aquel percance con la idea de que en edificio tan vasto no faltarían puertas por donde salir. Pasamos al otro lado; pero en la puerta que da a la plaza de la Lonja, otro ratón de iglesia me salió al encuentro después de echar los pesados cerrojos, y también dijo:
—De orden del señor deán.
«¡Malditos sean todos los deanes!», exclamé para mí, dirigiéndome a la puerta que da a la fachada. Allí, un viejo con gafas, sotana y sobrepelliz, se restregaba las manos gruñendo estas palabras:
—Ahora, ahora va a ser ella. Señores liberales, nos veremos las caras.
Yo fui derecha a levantar el picaporte; pero también aquella puerta estaba cerrada, y el sacristán viejo, al ver mi cólera, que no podía contener, alzó los hombros disculpándose con la orden de la primera autoridad capitular. El de las gafas añadió:
—Hasta que no pase la gresca no se abrirán las puertas.
—¿Qué gresca?