—La que han armado con la salida del rey loco. Mi opinión, señora, es que ahora va a ser ella, porque hay un complot que no lo saben más de cuatro.

Volvió a restregarse las manos fuertemente, guiñando un ojo.

—¿Y a qué hora sale Su Majestad?

—A las seis, según dicen; pero antes ha de correr la sangre por las calles de Sevilla como cuando la inundación de hace veinte años, la cual fue tan atroz, que por poco fondean los barcos dentro de la catedral.

—¡De modo que estaré encerrada aquí hasta las seis! —exclamé llena de furor—. Esto no se puede sufrir, es un abuso, un escándalo. Me quejaré a las autoridades, al rey.

—El rey está loco —dijo el viejo con horrible ironía.

—Al gobierno; me quejaré al arzobispo. O me dejan salir o gritaré dentro de la iglesia, reclamando mi derecho.

Discurrí con agitación indecible por la iglesia, nave arriba, nave abajo, saliendo de una capilla y entrando en otra, pasando del patio al templo y del templo al patio. Miraba a los negros muros buscando un resquicio por donde evadirme, y enfurecida contra el autor de orden tan inicua, me preguntaba para qué existían deanes en el mundo.

Los canónigos dejaban el coro y se reunían en su camarín, marchando de dos en dos o de tres en tres, charlando sobre los graves sucesos. Los sochantres y el fagotista se dirigían piporro en mano a la capilla de música, y los inocentes y graciosos niños de coro, al ser puestos en libertad, iban saltando, con gorjeos y risas, a jugar a la sombra de los naranjos.

Varias veces, en las repetidas vueltas que por toda la iglesia di, pasé por la capilla de San Antonio. Sin que pueda decir que me dominaban sentimientos de irreverencia, ello es que mi compungida devoción al santo había desaparecido. No le miré con aversión; pero si con cierto enojo respetuoso, y en mi interior le decía: «¿Es esto lo que yo tenía derecho a esperar? ¿Qué modo de tratar a los fieles es este?»