Mi egoísmo había llegado al horrible extremo de pedir cuenta a la divinidad de los desaires que me hacía. Irritábame contra el cielo, porque no satisfacía mis caprichos.

Pero, ¡maldita hora!, quien a mí me irritaba verdaderamente era el deán tirano que mandaba encerrar a la gente porque se le antojaba. Desde que le vi salir del coro en compañía del arcediano, moviéndose muy lentamente a causa del peso de su descomunal panza, le tuve por un realistón furibundo, sin que por esto me fuese menos antipático. ¿Por qué habían cerrado las puertas? Por poner el sagrado recinto a salvo de una invasión plebeya, e impedir que el bullicio de los vivas y mueras turbase la santa paz de la casa de Dios. Con todo su celo no pudo el señor deán conseguirlo, y desde el patio oíamos claramente los gritos de la muchedumbre y el paso de la caballería. La Giralda cantó las cinco, cantó las seis, y la deplorable situación no cambiaba, ni las puertas se abrían, ni se desvanecía el rumor del pueblo. Yo creo que si aquello se prolonga demasiado, me atrevo a decir dos palabras al buen canónigo encerrador. Por fin no era yo sola la impaciente: otras muchas personas, detenidas como yo, se quejaban igualmente, y todos nos dirigíamos en alarmante grupo al sacristán; pero sin conseguir nada.

—Cuando Su Majestad haya salido de Sevilla —nos respondía—, o se arma la de San Quintín, o todo quedará tranquilo.

Por fin, después de las siete, la puerta del Perdón se abrió y vimos las Gradas y la gente que iba y venía sin tumulto. Yo me arrojé a la calle como se arrojaría en el agua aquel cuyos vestidos ardieran. Miraba a un lado y otro; me comía con los ojos a cuantos pasaban; caminé apresuradamente hacia la Lonja y hasta el Alcázar; mi cabeza se movía sin cesar, dirigiendo la vista a todo semblante humano. ¡Afán inútil!... Yo buscaba y rebuscaba, y mi hombre no aparecía en ninguna parte... Ya se ve... ¡las siete de la tarde! Se cansaría de aguardarme... tendría que hacer...

Volví de nuevo a la catedral, recorrila toda, salí, di la vuelta por la Lonja; pero, ¡ay!, si diera la vuelta a toda la tierra, creo que tampoco le encontrara: ¡tal era la horrible insistencia de mi desgracia! Y, sin embargo, hasta en las baldosas del piso, en el aire y en el sonido, hallaba no sé qué indicio misterioso de que él me había aguardado allí largas horas. Esto era para morir.

Después de mucho correr, senteme en un banco de piedra junto a la Lonja. Tanto me enfadaba la gente que veía regresar del Alcázar y de la puerta de San Fernando, que si las llamas de furor que abrasaban mi pecho fueran materiales, de buena gana hubiera vomitado fuego sobre los que pasaban ante mí. Venían de ver partir al rey loco. Muchos se lamentaban de que se tratase de tal suerte al soberano de Castilla. ¡Menguados! ¿porqué no tomaban las armas? Sí, ¿por qué no las tomaban? Me habría gustado ver a todos los habitantes de Sevilla destrozándose unos a otros.

La Giralda cantó otra hora, no sé cuál, y entonces me decidí a tomar nueva resolución.

—Vamos a su casa —dije a Mariana.

—Es de noche, señora.

La infeliz no quería alejarse mucho de la casa. Pero no le contesté y nos pusimos en camino para la calle del Oeste.