—Mi mujer —añadió— se enfadará conmigo porque no quise acompañarla y la acompaño a usted.
No hice caso de sus cumplidos ni de sus excusas.
—Vamos, vamos pronto —dije subiendo al coche.
Este nos dejó en la plaza de San Francisco. Nos dirigimos a las tiendas, recorrimos varias calles; pero, ¡ay! estábamos dejados de la mano de Dios. No les encontramos; no les vimos por ninguna parte.
En mi cerebro se fijaba con letras de fuego esta horrible pregunta: «¿a dónde irán?»
Cuando el marqués me dejó en mi casa, avanzada ya la noche, yo tenía calentura. Retireme a pensar y a recordar y a formar proyectos para el día siguiente; pero mi cerebro ardía como una lámpara; no pude dormir; hablaba a solas sin poder olvidar un solo momento el angustioso tema de mi vida en aquellos días. Por último, mis nervios se aplacaron un tanto, y me consolé pensando y hablando de este modo:
—¡Mañana, mañana no se me escapará!
XXVII
Al levantarme con la cabeza llena de brumas, pensé en la extraña ley de las casualidades que a veces gobiernan la vida. En aquella época creía yo aún en las casualidades, en la buena o mala suerte y en el destino, fuerzas misteriosas que ciegamente, según mi modo de ver, causaban nuestra felicidad o nuestra desgracia. Después han variado mucho mis ideas, y tengo poca fe en el dogma de las casualidades.
Mi cerebro estaba aquella mañana, como he dicho, cargado de neblinas. Pero el día amaneció muy hermoso, y para 12 de junio en Andalucía, no era fuerte el calor. Sevilla sonreía convidando a las dulces pláticas amorosas, a las divagaciones de la imaginación y a exhalar con suspiros los aromas del alma que van desprendiéndose y saliendo, ya gimiendo, ya cantando, entre vagas sensaciones que son a la manera de una pena deliciosa.