—Nos embarcaremos —me dijo Falfán relamiéndose como un gato a quien ponen plato de su gusto.
—¡Ah, señor marqués! —dije de improviso apoderándome de una idea feliz—. Ahora me acuerdo de una cosa... ¡Qué memoria la mía!
—¿Qué, señora?
—Que yo también tengo que comprar algunas cosillas. ¿No es verdad, Mariana?
—¿De modo que va usted...?
—Sí, señor; ahora mismo... Son cosas que necesito esta misma noche.
—¿Y hacia dónde piensa dirigirse?
—Hacia la calle de las Sierpes... o la de Francos. Son las únicas que conozco.
—Pues la acompañaré a usted.
Hizo señas a su cochero para que acercase el coche.