—Pero si no has paseado aún...
—¿Que no? Señora doña María Antonia, dice que no hemos paseado... Si hace más de hora y media que estamos aquí dando vueltas. Ya nos íbamos cuando te vimos, y volví atrás para rogarte que nos acompañes.
—¡Yo! —indicó el marqués con mucho disgusto—. Ya sabes que no me agrada ir a tiendas.
—Y a mí no me gusta ir sola.
—Doña María Antonia...
—Es señora, y para ir a las tiendas conviene la compañía de un caballero. Mira, hijito, no te apures por eso: Salvador nos acompañará.
—Con mil amores —dijo mi amigo inclinándose—. Tengo mucho honor en ello.
Cuando allí mismo no abofeteé a mi amante, a la dama, al marqués, a doña María Antonia y a mí misma, de seguro queda demostrado que soy una oveja.
—Sí, amigo Monsalud —manifestó Falfán—, acompáñelas usted, se lo suplico. Jenara y yo nos embarcaremos.
¡Se marcharon! ¡Ay! No sé cómo lo escribo. Se marcharon sin que yo los estrangulase. Dentro de mí había un volcán mal sofocado por mi disimulo. El marqués me hablaba sin que yo pudiese responderle, porque estaba furiosamente absorta y embrutecida por el despecho que llenaba mi alma.