Miré y vi a la marquesa de Falfán, que venía con otra dama. También ellas, atraídas por la curiosidad, se dirigían hacia la Torre del Oro.
—Aguardemos aquí —me dijo el marqués sonriendo—. Veremos si pasa sin notar que estamos aquí.
Andrea y su amiga estaban ya cerca de nosotros, cuando Salvador pasó junto a ellas, se detuvo, las saludó y continuó andando a su lado. Nos reunimos los cinco.
—¿También tú vienes a ver el vapor? —preguntó Falfán riendo—. Ya te dije que era una maravilla. ¿Y usted, señora doña María Antonia, también viene a ver el vaporcito?... Y usted, Salvador, no quiere ser menos. El que desee entrar que lo diga, y nos embarcaremos.
— ¿Yo?... —dijo la Marquesa después de saludarme—. Tengo miedo. Dicen que revienta la caldera cuando menos se piensa.
—¿De modo que eso tiene una caldera como las fábricas de jabón? —preguntó doña María Antonia llevando a sus ojos el lente que usaba.
—Entran ustedes, ¿sí o no? —dijo el marqués, empeñado siempre en reclutar gente.
—Yo no entraré —repuso la dama con desdén—: me mareo solo de ver ese horrible aparato. Además, tengo que hacer.
—¿A dónde vas ahora? —preguntó Falfán de mal talante.
—A las tiendas de la calle de Francos. Ya sabes que necesito comprar varias cosillas.