Yo hubiera dado no sé qué porque el vapor echase a andar hacia la eternidad, llevándose dentro al marqués de Falfán de los Godos.
—¡Oh! —exclamó él—. Embarquémonos. Yo le garantizo a usted que no se marea. Daremos un paseo hasta Aznalfarache. Vea usted cuántas personas entran.
—Pues yo no me decido. Pero no se prive usted por mí del gusto de embarcarse. Adentro, señor mío. Yo me voy a mi casa.
—¡Ah! No consiento yo que usted vaya sola a su casa —dijo con una galantería cruel que me asesinaba—. Yo la acompañaré.
—Gracias, gracias... No necesito compañía.
—Es que yo no puedo permitir...
De buena gana habría cogido al marqués por el pescuezo como se coge a un pollo destinado a la cazuela, y le hubiera estrangulado con mis propias manos: ¡tal era mi rabia!
—Al menos —añadió—, ya que lo hemos visto por la popa, vamos a verlo también por la proa.
Al decir esto, el prócer dirigió sus miradas hacia la Maestranza, y sus ideas variaron de súbito.
—Vamos. Por allí viene mi esposa —dijo señalando—. ¿La ve usted? Por último se ha atrevido a salir a paseo, aunque no está bien de salud.