Dejé de ver entonces la luz de mi vida. Mi corazón se llenó de angustia.
—Yo estaba seguro de agradar a usted —me dijo Falfán—. Es un asombro ese buque.
—Un asombro, sí; apresuremos el paso.
—¡Si no se nos ha de marchar!
—¡Que se nos pierde de vista, que se nos va! —exclamé yo sin saber lo que decía.
—Señora, si está anclado... Podemos verlo con toda calma.
Nos acercamos a la Torre del Oro, junto a la cual estaba la nave maravillosa. Tenía dos ruedas como las de un batán, resguardadas por grandes cajones de madera pintados de blanco, con chimenea negra y alta, en cuyo centro estaba la máquina, toda grasienta y ahumada como una cocina de hierro, y el resto no ofrecía nada de particular. De sus entrañas negras salía una especie de aliento ardoroso y retumbante, cuyo vaho causaba vértigos. De repente daba unos silbidos tan fuertes, que había que taparse los oídos. En verdad, tal máquina infundía miedo. Yo no lo tuve, porque no podía fijar en ella resueltamente la atención.
—¿Se atreve usted a entrar? —me dijo el marqués.
Yo miré a todos lados, y vi reaparecer a mi amor perdido, saliendo de entre la muchedumbre, como el sol entre las nubes.
—No, señor; yo me mareo solo de ver un barco —respondí a Falfán—. Estoy satisfecha con admirar desde fuera esta hermosa invención, y le doy a usted las gracias.