—Ya sé...
—Pues los ingleses han aplicado esta máquina a la navegación, y ahí tiene usted un barco con ruedas que corre más que el viento y contra el viento. Esto cambiará la faz del mundo. Yo lo he predicho y no me equivocaré.
Mirando hacia la máquina prodigiosa, vi a Salvador que se dirigía hacia la Torre del Oro.
—Veámoslo de cerca, señor marqués —dije marchando hacia allá—. Verdaderamente, ese barco con ruedas es una maravilla.
—Creo que ahora va a dar un par de vueltas por el río, para que lo vean sus altezas reales, que están, si no me engaño, en la Torre del Oro.
—Corramos.
—¡Va toda la gente hacia allá! Descuide usted, podremos entrar si usted quiere. El capitán es muy amigo mío, y los consignatarios son mis banqueros.
—¿De quién es esa máquina?
—De una sociedad inglesa. De veras hubiera sentido mucho no mostrársela a usted esta tarde. Cuando me acordé, faltábame tiempo para acudir a reparar mi grosería.
—Gracias, marqués.