—¡Usted está loco, sin duda! —afirmé ocultando todo lo posible mi despecho—. ¿Qué es eso del vapor? No entiendo una palabra.

—¡El vapor, señora! Es lo que más llama la atención de todo Sevilla en estos días.

—¿Y qué me importa? —dije bruscamente siguiendo mi camino.

—Dispénseme usted si la he ofendido —añadió el marqués siguiéndome—; pero como venía usted a pasear al río, y como yo tengo entrada libre, siempre que quiero, en esa prodigiosa máquina, creí que la complacería a usted apresurándome a mostrársela.

—¿Qué máquina es esa? —le pregunté deteniéndome.

Al decir esto había perdido de vista al imán de mi vida.

—Mire usted hacia allá, junto a la Torre del Oro.

Miré, y en efecto vi un buque de forma extraña, con una gran chimenea que arrojaba negro y espeso humo. Sus palos eran pequeños, y sobre el casco sobresalía una armazón bastante parecida a una balanza.

—¿Qué es eso? —pregunté al marqués.

—El vapor, una invención maravillosa, señora. Esos ingleses son el demonio. Ya sabe usted que hay unas máquinas que llaman de vapor, porque se mueven por medio de cierto humo blanquecino que va colándose de tubo en tubo...