—¡Jenara, Jenara! —oí detrás de mí, sin poder precisar en el primer instante a quién pertenecía aquella horrible e importuna voz.

Volvime, y el coraje me clavó los pies en el suelo. Era el marqués de Falfán de los Godos, que venía hacia mí sonriendo y cojeando. Tan confundida estaba, que nada pude decirle ni contestar a sus empalagosos cumplidos.

—Vaya que ha corrido usted, amiguita —me dijo—. Yo acabo de llegar en coche... Es que en el momento de separarnos se me ocurrió una cosa...

—¿Qué cosa?

—Padecí un gran olvido —dijo relamiéndose—. Dispénseme usted. Como usted dijo que venía a pasear a este sitio...

—¿Y qué?..., ¿qué?..., ¿qué?...

Según me dijo después Mariana, yo echaba fuego por los ojos.

—Que olvidé ofrecerme a usted para una cosa que sin duda le será muy agradable.

—Señor marqués, usted se burla de mí.

—¡Burlarme! No, hija mía; al punto que nos separamos, dije para mí: «¡Qué desatento he sido!» Puesto que va al río, debí brindarme a acompañarla para ver el vapor y mostrarle ese prodigio de la industria del hombre.