XXVI

¡Cuán largo me pareció el camino! Mariana y yo íbamos con más prisa de la que a dos señoras como nosotras convenía. Pero aun conociendo que parecíamos gente de poco más o menos, cuando vi la Torre del Oro, los palos de los barcos y los árboles que adornan la orilla, avivé más el paso. No faltaba gente en aquellos deliciosos sitios; mas esto me importaba poco.

—Vamos hacia San Telmo —dije a Mariana—. Creo que es aquel edificio que se ve más abajo entre los árboles.

—Aquel es.

—Mira tú hacia la izquierda y yo miraré hacia adelante para que no se nos escape.

—Ya le veo, señora. Allí está.

Mariana le distinguió a regular distancia, y yo también le vi. Me aguardaba puntualmente.

«¡Ah, bribón, ya eres mío!», pensé, deteniendo el paso, segura al fin de que no se me escaparía.

Él miraba hacia la puerta de Jerez, como si nos aguardara por allí. Avanzamos Mariana y yo, dando un pequeño rodeo para acercarnos a él por detrás, y sorprenderle, sacudiéndole el polvo de los hombros con nuestros abanicos. Yo sonreía.

Distábamos de él unos diez pasos, cuando sentí que me llamaban.