—Tengo que ver a un amigo junto a San Telmo.
—Entonces no digo nada. Si va usted en esa dirección, no puedo llevarle. Y usted, Jenara, ¿a dónde quiere que la lleve?
—Mil gracias, un millón de gracias, amigo mío —repuse—. El movimiento del coche me marea un poco. Me duele la cabeza y necesito respirar libremente y hacer algo de ejercicio. Mariana y yo nos iremos a dar una vuelta por la orilla del río.
Bien sabía yo que el señor marqués no gustaba de pasear a pie, y que en aquellos días estaba medianamente gotoso. Yo no quería que de ningún modo sospechase Falfán que Salvador y yo necesitábamos estar solos. Al indicar yo que iría a pasear por la orilla del río, claramente decía a mi amado: «Ve allá y espérame, que voy corriendo, luego que me sacuda este abejón.»
Comprendiéndome al instante, por la costumbre que tenía de estudiar sus lecciones en el hermoso libro de mis ojos, se despidió. Bien claro leí yo también en los suyos esta respuesta: «Allá te espero; no tardes.»
Luego que nos quedamos solos, el marqués reiteró sus ofrecimientos. Parecía que no rodaba en el mundo más carruaje que el suyo, según la oficiosidad con que a mi disposición lo ponía.
—La tarde está hermosa. Deseo pasear un poco a pie —repetí como quien ahuyenta una mosca.
—Pues entonces —me contestó estrechándome la mano—, no quiero alejarme de aquí: aún debe pasar algo importante. A los pies de usted, señora.
Al fin... al fin me soltó aquel gavilán de sus impías garras... Mariana y yo nos dirigimos apresuradamente a la margen del Guadalquivir.
«¡Ahora sí que no te me escapas, amor!», pensaba yo.