—Pues yo no me voy sin saberlo. Quiero ver hasta lo último; quiero ver remachar los clavos con que la monarquía acaba de ser crucificada.

—Pues que le aproveche a usted, marqués... Veo que ya se puede salir. Adiós; tantas cosas a la marquesa. Ya sabe que la quiero.

No hice muy larga la despedida por temor a que tuviese la deplorable ocurrencia de acompañarme. Salí. ¡Ay! Aquella libertad me supo a gloria. ¡Con qué placentero desahogo respiraba! Al fin iba a satisfacer mi deseo, la sed de mis ojos y de mi alma, que ha tiempo no vivían sino a medias. Desde que salí a los pasillos le vi lejos esperándome. Hízome una seña, y ambos procuramos acercarnos el uno al otro, cortando el apretado gentío que salía. Pero cuando estaba a seis pasos de él, sentí detrás de mí la áspera voz de Falfán, la cual me hizo el efecto de un latigazo. Volvime, y vi su sonrisa y sus engomados bigotes, que yo creía haber perdido de vista por muchos días.

—Señora, no se me escape usted —me dijo, ofreciéndome su brazo—. He salido porque la votación no es nominal. Esos pícaros han votado levantándose de su asiento... ¡Qué escándalo!... ¡Votar así un acuerdo tan grave!... ¡Tienen vergüenza y miedo!... Ya se ve... Tome usted mi brazo, señora.

La importuna presencia del estafermo me dejó fría. No tuve más remedio que apoyar mi mano en su brazo y salir con él. Frente a nosotros vi a Salvador, que me pareció no menos contrariado que yo.

—Querido Monsalud —le dijo el marqués—, ¿ha visto usted la sesión? ¡Gran escena de teatro! Me parece que correrá sangre.

No recuerdo lo que ambos hablaron mientras bajamos a la calle. Me daban ganas de desasirme del brazo del prócer, y empujarle con todas mis fuerzas para que fuera rodando por la escalera abajo, que era bastante pendiente. Pero me fue forzoso tener paciencia y esperar, fiando en que el insoportable intruso nos dejaría solos al llegar a la calle. ¡Vana ilusión! Sin duda se habían conjurado contra mí todas las potencias infernales. El marqués de Falfán, empleando su relamido tono, que a mí me sonaba a esquilón rajado, me dijo:

—Ahora, dígnese usted aceptar mi coche, y la llevaré a su casa.

—Si yo no voy a mi casa —repuse vivamente—. Voy a visitar a una amiga... o quizás, como ya es tarde y no hace calor, daremos Mariana y yo un paseo.

—Bien, a donde quiera usted que vaya la acompañaré —dijo el marqués con la inexorable resolución de un hado funesto—. Y usted, Salvador, ¿a dónde va?