—¡Qué exageración!

—Señora —añadió con solemne acento—. Estamos presenciando un regicidio.

Yo me eché a reír. Falfán, enfureciéndose por el regicidio que se perpetraba a sus ojos, e increpando en voz baja a la plebe de las galerías, era soberanamente ridículo.

—Lo que más me indigna —exclamó pálido de ira— es que no dejen hablar a los que opinan que Su Majestad no debe ser destronado.

En efecto: con los gritos de ¡fuera!, ¡que se calle!, ¡a votar!, ahogaban la voz de los pocos que abrazaron la causa del rey. La Presidencia y la mayoría, interesadas en que las tribunas gritasen, no ponían veto a las demostraciones. Veíase al alborotado público agitando sus cien cabezas y vociferando con sus cien bocas. En la primera fila los brazos gesticulaban señalando o amenazando, o golpeaban el antepecho con las bárbaras manos, que más bien parecían patas. Muchas señoras de la tribuna reservada se acobardaron, y diose principio al solemne acto de los desmayos. Esto fue circunstancia feliz, porque la tribuna empezó a despejarse un poco, haciendo menos difícil la salida.

—Señor marqués —dije tomando la resolución de marcharme—. Me parece que es bastante ya.

—¿Se va usted? Si falta lo mejor, señora.

—Para mí lo mejor está fuera. Aquí no se respira. Adiós.

—Que van a votar. Que vamos a ver quiénes son los que se atreven a sancionar con su nombre este horrible atentado.

—Ahí tiene usted una cosa que a mí no me importa mucho. ¿Qué quiere usted? Yo soy así. Dormiré muy bien esta noche sin saber los nombres de los que dicen sí.