¡Qué modo de hablar, qué elegancia de frases, qué fuerza de pensamiento y de estilo, qué ademán tan vigoroso, qué voz tan conmovedora! Siendo mis ideas tan contrarias a las suyas entonces, no pude resistir al deseo de aplaudirle, enojando mucho al marqués con mi llamarada de entusiasmo.
—¡Oh, señor marqués! —le dije—. ¡Qué lástima que este hombre no hable mal! ¡Cuánto crecería el prestigio del realismo, si sus enemigos carecieran de talento!...
Los argumentos del orador eran incontestables dentro de la situación y del artículo 187, que intentaban aplicar. «No queriendo Su Majestad —decía— ponerse en salvo, y pareciendo a primera vista que Su Majestad quiere ser presa de los enemigos de la patria, Su Majestad no puede estar en el pleno uso de su razón. Es preciso, pues, considerarle en un estado de delirio momentáneo, en una especie de letargo pasajero...»
Estas palabras compendiaban todo el plan de las Cortes. Un rey constitucional que quiere entregarse al extranjero, está forzosamente loco. La nación lo declara así, y se pasa sin rey durante el tiempo que necesita para obrar con libertad. ¡Singular decapitación aquella! Hay distintas maneras de cortar la cabeza, y es forzoso confesar que la adoptada por los liberales españoles tiene cierta grandeza moral y filosófica digna de admiración. «Antes que arrancar de los hombros una cabeza que no se puede volver a poner en ellos —dijeron—, arranquémosle el juicio, y tomándonos la autoridad real, la persona jurídica, podremos devolverlas cuando nos hagan falta.»
Yo miraba a cada rato a mi adorado amigo, y con los ojos le decía:
«¿Qué piensas tú de estos enredos? Luego hablaremos y se ajustarán las cuentas, caballerito.»
No duró mucho el discurso de Galiano, porque aquello era como lo muy bueno, corto, y habían llegado los momentos en que la economía de palabras era una gran necesidad. Cuando concluyó, las tribunas prorrumpieron en locos aplausos. Entre las palmadas, semejantes por su horrible chasquido a una lluvia de piedras, se oían estas voces: «¡A nombrar la Regencia! ¡A nombrar la Regencia!»
—Señora —me dijo el marqués horrorizado—, estamos en la Convención francesa. Oiga usted esos gritos salvajes, esa coacción bestial de la gente de las galerías.
—Van a nombrar la Regencia.
—Antes votarán la proposición de Galiano. ¡Atentado sacrílego, señora! Me parece que asisto a la votación de la muerte de Luis XVI.