—La comisión que fue con el mensaje a Palacio —dijo Falfán alargando su rostro para abarcar con una mirada todo el salón— ha vuelto, y va a manifestar la respuesta de Su Majestad.
—Que le maten de una vez —indiqué en voz baja—. ¿Dice usted, señor marqués, que esto acabará pronto?
—Quizás no. Me parece que tendremos para un rato. Cosas tan graves no se despachan en un credo.
Pensé que se me caía el cielo encima. El profundo silencio que reinó durante un rato en aquel recinto, obligome a atender brevemente a lo que abajo pasaba. Un diputado, en quien reconocí al almirante Valdés, tomó la palabra.
Pudimos oír claramente las expresiones del marino al decir: «Manifesté a Su Majestad que su conciencia quedaba salva, pues aunque como hombre podía errar, como rey constitucional no tenía responsabilidad alguna; que escuchase la voz de sus consejeros y de los representantes del pueblo, a quienes incumbía la salvación de la patria. Su Majestad respondió: He dicho, y volvió la espalda.»
Cuando estas últimas palabras resonaron en el salón, un rumor de olas agitadas se oyó en las tribunas; olas de patriótico frenesí que fueron encrespándose y mugiendo poco a poco hasta llegar a un estruendo intolerable.
—Todos esos que gritan están pagados —dijo el marqués.
Entonces miré hacia atrás, pues no podía vencer el hábito adquirido de explorar a cada instante la muchedumbre, y le vi. Estaba en la postrera fila: apenas se distinguía su rostro.
«¡Ah! —exclamé para mí con gozo—. ¡No me has abandonado! Gracias, querido amigo.»
Advertí que desde el apartado sitio donde se encontraba, seguía los incidentes de la sesión con toda su alma. Mi pensamiento debía de estar donde estaba el suyo, y atendí también. Segura de tenerle cerca; segura de que fiel y cariñoso me aguardaba, pude tranquilamente fijar mi espíritu en aquella turbulenta parte de la sesión y en el orador que hablaba. Era otra vez Galiano. Su discurso, que en otra ocasión me hubiera fastidiado, entonces me pareció elocuente y arrebatador.