Miré a Salvador. Pareciome que con los expresivos ojos me decía: «Salgamos.» Y al mismo tiempo salía.
—Yo me retiro, señor marqués —dije de improviso levantándome.
—¡Señora, se marcha usted en el momento crítico! —exclamó con asombro y pena—. Se van a reanudar estas interesantes discusiones. ¡Qué discursos vamos a oír!
—Estoy fatigada. Hace mucho calor.
—Sin embargo...
Mientras en el salón resonaba un rumor sordo como el anuncio de furibunda tempestad parlamentaria, Mariana y yo nos dispusimos a salir; pero en el mismo instante, ¡oh contrariedad imprevista!, multitud de caballeros y señoras entraron en la tribuna. Eran los que habían salido durante el período de descanso, que regresaban a sus puestos, para disfrutar de la parte dramática de la sesión. Además, numeroso gentío recién venido se apiñaba en la puerta. Ya no era posible salir.
—Señora —me dijo Falfán—, ya ve usted que no es fácil la salida. No pierda usted su asiento. Esto acabará pronto.
No tuve más remedio que quedarme. Caí en mi asiento como un reo en su banquillo de muerte. Lo que principalmente me apenaba era que entre la multitud había desaparecido el que bastaba a alegrar o entristecer mi situación. En la muralla de rostros humanos, ávidos de curiosidad, no estaba su rostro ni otro alguno que se le pareciese.
«Sin duda me aguarda fuera —pensé—. ¡Qué desesperación! ¡Cuándo acabará esta farsa!...»