—¿Y si no vuelve hasta mañana?

—Hasta mañana le esperaré. No me muevo de su casa hasta que le vea. Ahora, ahora sí que no se me escapa. ¿Concibes tú que se me pueda escapar?

XXIX

Diciendo esto, mi corazón, oprimido por tantos desengaños, se ensanchaba, llenándose otra vez de esperanza, de ese don del cielo que jamás se agota y que a nadie puede faltar.

—Pues no veo yo muy tranquila esta noche la ciudad de Sevilla —indicó Mariana—. Si, como dicen, se ha marchado toda la tropa, puede que nos despertemos mañana en un charco de sangre.

Echeme a reír, burlándome de sus ridículos temores, y seguimos avanzando con bastante presteza hacia la calle del Oeste. Detúveme antes de llamar en su casa, para que un breve descanso disimulara mi sofocación y se amortiguasen las llamaradas de mis mejillas.

—Sentémonos —dije a Mariana— al amparo de este árbol. Ahora no hay gran prisa. Ya le tengo cogido. Estoy tranquila. Él ha de venir a su casa. Ahora, ahora sí que le tengo en mi mano.

Cuando llamamos en la reja que daba entrada al patio, una mujer nos dijo que el señor Monsalud no estaba en casa.

—Pues tengo que hablarle precisamente esta noche, y le esperaré —dije resueltamente.

Yo no reparaba en conveniencia alguna social. En el estado de mi espíritu, nada tenía fuerza para contenerme. Importábame ya muy poco que me vieran, que me conocieran, que me señalasen con el dedo, ni que el vulgo suspicaz y murmurador me hiciera objeto de burlas y comentarios deshonrosos.