Al principio vacilaba en dejarme entrar la mujer que me abrió la puerta; pero tanto insté y con tan arrogante autoridad me expresaba, que al fin me llevó a una sala baja. Allí estaba un viejecillo que, a la débil claridad de un velón de cobre, arreglaba baúles y cajas, poniendo en ellas libros, ropa y papeles. Era un tal Bartolomé Canencia. Él no debía conocerme; pero se apresuró a saludarme con extremada cortesía. Cual si comprendiera las ansias que yo padecía aquella noche, dijo:

—No está en casa, ni puedo asegurar que venga pronto; pero sí que vendrá. Necesitamos arreglar todo para nuestra partida.

—¿Cuándo?

—Mañana. Nos vamos con el gobierno. ¿Quién se atreverá a quedarse aquí después que marchen los ministros? Esto es un volcán realista. En cuanto desaparezca el gobierno que obstruye el cráter, se agitará con fuego y vapores vomitando horrores. ¡Pobre Sevilla! no ha querido oír mis consejos, los consejos de la experiencia, señora; hela aquí en poder del realismo más brutal. Este pueblo, tan célebre por su riqueza y por su gracia como por sus procesiones, está infestado de curas, y aquí los curas son ricos.

Ya me fastidiaba esta conversación, y hábilmente la desvié de la política haciéndola recaer sobre mi objeto. Canencia contestó a mis preguntas de una manera categórica.

—Esta tarde salimos juntos —me dijo—. Él se quedó en las Gradas de la catedral, donde tenía una cita, y yo seguí hacia el Alcázar para asistir a la salida de Su Majestad... Luego nos encontramos de nuevo a eso de las siete: parecía disgustado, sin duda porque la cita no pudo verificarse. Entramos en casa, y a poco salió para ver a Calatrava. Díjome que volvería a arreglar su equipaje, y aquí me tiene usted arreglando el mío, señora, para lo que se le ofrezca mandar. De modo que si usted desea algo en Cádiz, puede dar sus órdenes con toda franqueza.

—Yo también pienso ir a Cádiz.

—¡Usted también! Bueno es que vayan todos —dijo con ironía maliciosa— para que se haga con solemnidad el entierro de la Constitución. Allí nació, señora, y allí le pondremos la mortaja; que todo lo que nace ha de perecer... ¡Si se hubieran seguido mis consejos, señora!... pero los hombres se han dejado enloquecer por la ambición y la vanidad. Ya no existen aquellos repúblicos austeros, aquellos filósofos incorruptibles, aquellos sectarios de la honradez más estricta y de la sabiduría ateniense, hombres que con un pedazo de pan, un vaso de agua y un buen libro se pasaban la mayor parte de la vida. Ahora todo es comer a dos carrillos, pedir destinos, figurar... en una palabra, señora, ya no hay virtudes cívicas.

—¿Y es seguro que el gobierno marcha mañana? —le pregunté para desviarle de su fastidiosa disertación.

—Segurísimo. No puede ser de otra manera.