—¿Por tierra?
—Por agua, señora. Los ministros y diputados marchan en el vapor.
—¿Y usted y Salvador van también en el vapor?
—Iremos donde podamos, señora, aunque sea en globo por los aires.
Él siguió arreglando sus maletas, y yo me abrumé en mis pensamientos. En la sala había un reloj de cucú con su impertinente pájaro, de esos que asoman al dar la hora y nos hacen tantas cortesías como campanadas tiene aquella. Nunca he visto un animalejo que más me enfadase, y cada vez que aparecía y me saludaba mirándome con sus ojillos negros y cantando el cucú, sentía ganas de retorcerle el pescuezo para que no me hiciera más cortesías. El pájaro cantó las nueve y las diez y las once, y con su insolente movimiento y su desagradable sonido parecía decirme: «¿Qué tal, señora, se aburre usted mucho?»
Todo el que ha esperado comprenderá mi agonía. Aquel resbalar del tiempo, aquella veloz corrida de los minutos que pasan de nuestra frente a nuestra espalda, amontonándose atrás el tiempo que estaba delante, es para enloquecer a cualquiera. Cuando no hay un reloj que lleve la cuenta exacta de la cantidad de esperanza que se desvanece y de la paciencia que se gasta grano a grano, menos mal; pero cuando hay reloj y este reloj tiene un pájaro que hace reverencias cada sesenta minutos y dice cucú, no hay espíritu bastante fuerte para sobreponerse a la pena. Ya cerca de las doce me decía yo: «¡Si no vendrá!»
Habiendo manifestado mis dudas al viejo Canencia, que parecía algo molesto por la duración de mi visita, me dijo:
—Puede que venga y puede que no venga. Seguramente estará ahora en el café del Turco o en casa del duque del Parque. Ya es media noche. Dentro de unas cuantas horas será de día, y... ¡en marcha todo el mundo para Cádiz!
Mariana bostezaba, siendo imitada por Canencia. Yo me sostenía intrépida, sin sueño ni cansancio, resuelta a estar un año en aquel sitio, si un año tardaba en venir mi hombre.
—De todas maneras —dije a Canencia—, si se marcha mañana ha de venir a arreglar su equipaje.