—Es muy posible, señora —me contestó secamente—. En caso de que quiera usted retirarse, puede con toda confianza dejar el recado verbal que guste. Yo se lo transmitiré puntualmente y con la fidelidad de un verdadero amigo.
—Gracias.
—Le diré que ha estado aquí... Aunque usted no me ha dicho su nombre, yo creo conocer a la persona con quien tengo el honor de hablar, por haberla visto en Madrid algunas veces... ¿No es usted la señora marquesa de Falfán?
Esta pregunta me hizo estremecer en mi interior, como si un rayo pasara por mí. Pero dominándome con soberano esfuerzo, repuse gravemente, con afectada vergüenza.
—Sí, señor: soy la marquesa de Falfán. Fiada en la discreción de usted, me he aventurado a esperar aquí en hora tan impropia.
—Señora, yo soy un sepulcro, y además un amigo fiel de ese excelente joven; y como le debo no pocos beneficios, a la amistad se une la gratitud. Puede usted con toda libertad confiarme lo que quiera. Es muy posible que él no pueda verla a usted esta noche. Estará muy ocupado, y sin duda el viaje de mañana trastorna sus planes, porque si no recuerdo mal, hoy me dijo que pensaba despedirse de usted, por la noche, en casa de doña María Antonia.
Al oír esto me quedé como mármol, y en seguida se me llenó el corazón de ascuas. Desplegué los labios para preguntar: «¿dónde vive esa doña María Antonia?» pero me contuve a tiempo comprendiendo la gran torpeza que iba a cometer. Evocando toda mi habilidad de cómica, dije:
—Así pensábamos; pero no ha podido ser.
El infame pájaro se asomó a su nicho, y burlándose de mí cantó la una. Yo me ahogaba, porque a mis primeras fatigas se unía, desde que habló aquel hombre, la inmensa sofocación de un despecho volcánico de los celos que me mataban. En mi cerebro se encajaba una corona de brasas resplandecientes; mi corazón chorreaba sangre, herido por mil púas venenosas. Mi afán, mi deseo más vivo era morder a alguien.
Esperé más. Canencia seguía bostezando y Mariana dormitaba. Yo sentía en mis oídos un zumbido extraño, el zumbido del silencio nocturno, que es como un eco de mares lejanos, y deshaciéndome esperaba. Habría dado mi vida entera por verle entrar, por poder hablarle a solas un momento, arrojando sobre él las palabras, la furia, la hiel que se desbordaban en mí. A ratos balbucía terribles injurias, que siendo tan infames, a mí me parecían rosas.