El vil pajarraco volvió a chancearse conmigo, y haciendo la reverencia más pronunciada y el canto más fuerte, anunció las dos.
—¡Las dos!... ¡pronto será de día! —exclamé.
—Fijamente no viene ya, señora. Es que se embarca con los diputados —dijo Canencia, dando a entender con sus bostezos que de buena gana dormiría un rato.
—¿Y a qué hora se embarcan los diputados?
—Al rayar el día: así se dijo anoche en el salón del Congreso, cuando se levantó la sesión, que ha durado treinta y tres horas.
Estuve largo rato dudando lo que debía hacer. Delante de mi pensamiento daba vueltas un círculo de fuego que alternativamente, en su lenta rotación, mostrábame dos preguntas. Primera: ¿Y si viene después que yo me vaya? Segunda: ¿Y si se embarca en el muelle mientras yo estoy aquí?
Yo veía pasar una pregunta, después otra. La segunda sustituía a la primera, y la primera a la segunda en órbita infinita. Ambas tenían igual claridad, ambas me deslumbraban y me enloquecían de la misma manera. Yo, que por lo general me decido pronto, entonces dudaba. Cuando la voluntad se iba inclinando de un lado, el pensamiento llamábame del otro, y así contrabalanceados los dos, ponían mi alma en estado de terrible ansiedad. Largo rato permanecí en esta dolorosa incertidumbre. Los minutos volaban, y acercándose aquel en que era preciso resolver definitivamente, el silencio mismo llegó a impresionar mi cerebro como un bramido intolerable, formado por mil voces. Oía el latir de mi corazón como se oye un secreto que nos dicen al oído; mi sangre ardía, y por fin aquella misma palpitación de mi alborotado seno fue como una voz que hablaba diciéndome: «Anda, anda.»
El pájaro, riendo como un demonio burlón, me saludó tres veces con su cortesía y su infernal cucú. Eran las tres.
—Pronto será de día —dijo Canencia dejando caer sobre el pecho su cabeza venerable.
Levanteme. Estaba decidida. Pareciome que don Bartolomé, al verme dispuesta a partir, vio el cielo abierto. Despedime de él bruscamente, y salimos.