—¿Adónde vamos, señora? —me dijo Mariana—. ¿No es hora de retirarnos ya a descansar?
—Todavía no.
—¡Señora, señora, por Dios!... Está amaneciendo. No hemos cenado, no hemos dormido...
—Calla, imbécil —le dije clavando mis dedos en su brazo—. ¡Calla, o te ahogo!
XXX
Amanecía, y multitud de hombres de mal aspecto vagaban por la calle. Veíanse paisanos armados, y muchos guapos de la Macarena y de Triana. Mi criada tuvo miedo; pero yo no. Repetidas veces nos vimos obligadas a variar de rumbo para evitar el encuentro de algunos grupos en que se oía el ronco estruendo de ¡vivan las caenas!, ¡muera la nación!
Llegamos por fin al río. Ya el día había aclarado bastante, y desde la puerta de Triana vimos la chimenea del vapor, que despedía humo.
—Si esos barcos de nueva invención humean al andar —dije—, el vapor se marcha ya.
Desde la puerta de Triana a la Torre del Oro se extendía un cordón de soldados de artillería. En la puerta de Jerez había cañones. Nada de esto me arredraba, porque mi exaltación me infundía grandes alientos, y hablando al oficial de artillería, logré pasar hasta la orilla, donde algunas tablas, sostenidas sobre pilotes, servían de muelle. El vapor bufaba como animal impaciente que quiere romper sus ligaduras y huir. Multitud de personas se dirigían al embarcadero. Reconocí a Canga-Argüelles, a Calatrava, a Bertrán de Lis, a Salvato, a Galiano y a otros muchos que no eran diputados.
«Él se irá también —pensé—. Vendrá aquí de seguro... Pero no, no creo que se me pueda escapar.»