Una idea grandiosa cruzó por mi mente, una de esas ideas napoleónicas que yo tengo en momentos de gravedad suma. Ocurriome embarcarme también en el vapor, si le veía partir. No tenía equipaje, ¿pero qué me importaba? Mariana se quedaría para llevarlo después.

Acerqueme a Calatrava, que se asombra mucho de verme.

—Quiero un puesto en el vapor —le dije.

—¿También usted se marcha?... ¿De modo que...?

—Temo ser perseguida. Estoy muerta de miedo desde ayer. Me han amenazado con anónimos atroces.

—¿Ha preparado usted su equipaje?

—He preparado lo más preciso: el viaje es corto. Mi criada se queda para arreglar lo que dejo aquí.

—También nosotros dejamos nuestros equipajes, porque no caben en el vapor. Irán en aquella goleta.

—¿Me hace usted un sitio, sí o no?

—¿Un sitio? Sí, señora. Dejando el equipaje... El gobierno ha fletado el buque. Puede usted venir.