—De modo que Su Excelencia...
—No tengo noticia de que se embarque con nosotros.
—Venga usted —me dijo Calatrava alargándome la mano para llevarme a la cubierta del buque.
—Entre usted, amigo, entre usted, que aún tengo que decir algo a mi criada.
—Parece que vacila usted...
—En efecto..., sí..., no estoy decidida aún.
No, no podía entrar en aquel horrible bajel que iba a partir silbando y espumarajeando, sin llevar al que turbaba mi vida. Yo les vi entrar uno tras otro, les conté; ni uno solo escapó a mi observación, y ¡él no estaba! ¡Siempre ausente, siempre lejos de mí, siempre en dirección diametralmente opuesta a la dirección de mis ideas y de mi apasionada voluntad! Esto era para enloquecer completamente, y digo completamente, porque yo estaba ya bastante loca. Mi desvarío insensato aumentaba como la fiebre galopante del enfermo solicitado por la muerte.
Se embarcaron, ¡ay! Vi al horrendo vapor separarse del muelle; vi moverse las paletas de sus ruedas machacando y rizando el agua, le oí silbar y mugir echando humo, hasta que emprendió su marcha majestuosa río abajo.
No yendo él, no podía causarme aflicción quedarme en tierra. Él estaba también en Sevilla.
—Ahora —dije—, ahora no es posible que lo pierda otra vez. Si tengo actividad e ingenio, pronto saldré de esta angustiosa situación.