No quise detenerme, como el vulgo que se extasiaba contemplando el humo del vapor que conducía hacia el postrer rincón de España el último resto del liberalismo. Como aquel humo en los aires, así se desvanecía en el tiempo la Constitución... Pero en mi mente no podían fijarse ni por un instante estas ideas.
Érame forzoso pensar en otras cosas, y en la realidad de mi ya insoportable desdicha. ¿A dónde debía ir? En los primeros momentos después del embarque no pude determinarlo, y vagué breve rato por la ribera, hasta que me obligaron a huir los excesos de la salvaje muchedumbre, que se precipitó sobre los equipajes de los diputados, apoderándose de ellos y saqueándolos en presencia de la poca tropa que había quedado en el muelle.
Al mismo tiempo sentí el clamor de las campanas echadas a vuelo en señal de que Sevilla había dejado de pertenecer al gobierno constitucional, y en cuerpo y alma pertenecía ya al absolutismo. ¡Cambio tan rápido como espantoso! El pronunciamiento se hizo entre berridos salvajes, en medio del saqueo y del escándalo, al grito de ¡muera la nación! La verdad es que los alborotadores hacían poco daño a las personas; pero sí robaban cuanto podían. Al entrar por la puerta de Jerez, procuré apartarme lo más posible de la turbulenta oleada que marchaba hacia el corazón de Sevilla, con objeto, según oí, de destrozar el salón de sesiones y el café del Turco, donde se reunían los patriotas.
Lejos de desmayar yo con tantas contrariedades, el insomnio y el continuo movimiento, parecía que la misma fatiga me daba alientos prodigiosos. No sentía el más ligero cansancio, y mi cerebro, como una llama cada vez más viva, hallábase en ese maravilloso estado de actividad que es para los poetas, para los criminales y para los que se ven en peligro, la rápida inspiración del momento. Yo sentía en mí un estro grandioso, avivado por mis contrariadas pasiones, mi rencor y mi despecho. Tenía la penetrante vista del genio, y había llegado a ese momento sublime en que los más profundos secretos de nuestro destino se nos muestran con claridad espantosa. Mi pensamiento, como la aguja magnética de una brújula, señalaba con insistencia la casa del marqués de Falfán.
—¡Oh, allí, allí... he de encontrar la solución de este horrible problema!
XXXI
Y corriendo hacia la casa, no soñaba ya con las delicias de un encuentro feliz y de una amable reconciliación, sino con proporcionar a mi alma el inefable, el celestial, el infinito regocijo de un escándalo, de una escena, de una de esas venganzas de mujer que son la Ilíada del corazón femenino. No sé si me equivocaré juzgando por mí de todas las mujeres; pero pienso firmemente que ninguna, por muy tímida que sea, deja de sentir en momentos dados, y cuando se discuten asuntos del corazón, el poderoso instinto de la majeza. La maja, digan lo que quieran, no es más que lo femenino puro. De mí puedo asegurar que en aquel instante me sentía verdulera.
«Tengo la seguridad —decía— de que le encontraré allí. El corazón me lo dice... Es precisamente lo que necesito; es la satisfacción más preciosa y agradable de mi inmenso afán, el desahogo de mi pecho, semejante a un volcán sin cráter; el consuelo de todas mis penas. Hablaré, gritaré, vomitaré injurias, ¿qué digo injurias?, verdades. Diré todo lo que sé: abriré los ojos de un marido crédulo y bonachón; arrancaré la máscara a una hipócrita; confundiré a un ingrato... En suma, estaré en mi elemento... ¡¡Ahora, Santo Dios de las venganzas, ahora sí que no se me puede escapar!!»
Al dirigirme a la plaza de la Magdalena, donde vivía el marqués, vi a dos o tres patriotas que eran llevados presos por el pueblo con una cuerda al cuello. ¡Pobre gente! Entre ellos vi a Canencia, que me dirigió al pasar una mirada suplicante; pero no hice caso y seguí. Casi arrastrando a Mariana, que apenas podía seguirme de puro cansada y soñolienta, llegué a casa de Falfán.
En el patio encontré al marqués, que al punto que me vio asombrose de la alteración de mi semblante, creyendo que ocurría algún grave accidente.